sábado, 2 de febrero de 2008

X. en la Patagonia, Tercera y última parte.

Los días de Junio.


No hay correspondencia ni registros en el diario entre el 31 de Mayo y el 13 de Junio de 1982.

“(...) la situación se fue haciendo más crítica y confusa, tanto en la información que recibíamos de lo que estaba ocurriendo en las islas como en lo que vivíamos nosotros. La primera sección de tanques del escuadrón B adquiría-o meramente asumía- características peculiares: hubo un intento de suicidio-que contribuí a frustrar- y planes para un asesinato.
Respecto a la primera cuestión sigue siendo un asunto personalísimo que no me siento autorizado a desarrollar, respecto a la segunda aún hoy me parece que fue un resultado lógico. El teniente Canaves continuaba en su intento de imponer una disciplina prusiana a un grupo que cada vez mostraba mayores signos de agotamiento mental y físico, agresividad y resistencia a cualquier forma de autoridad.
Era como si hubiéramos establecido una estrecha alianza entre nosotros y nuestros familiares, a través de las cartas y las encomiendas, para resistir; y cualquiera que quisiera quebrar ese círculo automáticamente se convertía en nuestro enemigo. Los suboficiales que estaban en contacto cotidiano con nosotros lo comprendieron rápidamente, a excepción del cabo primero Sánchez, que además de ser una completa bestia era un obsecuente del jefe de sección-no utilizábamos un término tan educado, claro, sino el más explícito “chupatrozo”. De todos modos no tuvimos mayores conflictos con él, nos limitábamos a burlarnos y no darle bola.
No sé quién fue el primero en plantear la idea del asesinato, sólo sé que varios vaciaron los cargadores de las pistolas y serrucharon la punta de los proyectiles en cuatro; pensaban que de esta forma cuando la bala penetrara en el cuerpo del teniente se fragmentaría dándole una muerte inmediata o al menos una herida grave.
Cuando vi el procedimiento por primera vez me pareció sólo una forma de simbolizar una violencia que no podía ser ejercida, lo empecé a tomar más en serio cuando vi el entusiasmo con el que alguno de mis compañeros tomaba la guardia, y un poquito más cuando me enteré de que el Sargento Ojeda le había informado al Teniente que entre los soldados se pensaba asesinarlo durante algún servicio. El tipo le había respondido si nos creía capaces de disparar y el Sargento le había respondido que sí.
Yo no había serruchado mis municiones pero tampoco mi sentido del humor, de modo que fui el único que, al menos virtualmente, le disparó al Jefe. Te cuento, todos los días comprobábamos el funcionamiento de las pistolas, una mañana la corredera se trabó y ya no hubo forma de hacer que la munición pasara del cargador a la recámara. Le comuniqué la novedad al tipo y no me dio bola. A la noche siguiente me tocó hacer guardia y le volví a decir que mi arma no funcionaba y que no era lógico obligarme a apostarme con una pistola inútil. No sé que boludez gruñó pero lo mismo me mandó a la guardia.
El puesto estaba en la cima de un cerro y debíamos permanecer allí durante cuatro horas hasta que llegara el relevo, me acompañaba Coquito, un pibe de Ranchos que tampoco se quedaba atrás en la joda. Le expliqué mi idea y desplazamos el puesto a unos treinta metros de su ubicación original. Coquito me preguntó si pensaba que con la gripe que tenía el Teniente se iba a poner a subir y bajar cerros a las dos de la mañana con el frío que hacía, y yo le respondí que sí, que un milico fanático como era él no podía hacer otra cosa.
Las horas pasaron muy despacio, conversábamos y caminábamos pero yo me mantenía muy atento a cualquier sonido que indicara la aproximación del objetivo. No era una noche cerrada pero no se veía demasiado más allá de unos metros. Coquito dijo en voz baja y sonriendo: “Está caminando para el lugar donde debía estar el puesto”. “Sí, ya lo oí, ahora silencio”. Yo había escuchado el ruido de los pasos que las piedritas sueltas de la ladera del cerro hacían evidente.
No sé que pasaría por la cabeza de Teniente en ese momento pero yo quería que en los próximos minutos fuera terror. Cuando no nos encontró en nuestra ubicación original se desvió hacia el oeste acercándose a nuestra posición real, cuando lo presumí a unos veinte metros le di la primera voz de alto. “Alto, ¿quién vive?”. Escuché con claridad que respondía:”Oficial de servicio”. Hice como si no lo hubiera escuchado y volví a gritar la voz de alto, el tipo volvió a responder con claridad, volví a insistir en mi voz de alto y tiré la corredera de mi pistola-inútil-ruidosamente hacia atrás. Si el tipo no se identificaba claramente yo tenía la obligación de dispararle. Gritó con urgencia: “OFICIAL DE SERVICIO”. Le pedí la señal de reconocimiento y dejé que avanzara, Coquito, a mi lado, trataba de sofocar la risa.
Cuando estuvo a unos metros nos preguntó quiénes éramos, nos identificamos y preguntó quién había cargado, le respondí que había sido yo y me ordenó que comprobara el arma. Es decir que sacara el cargador de la pistola, desplazara la corredera y desalojara la munición que había quedado en la recámara. Le respondí que era inútil, porque, ya que como se lo había informado, mi arma no cargaba. Dudó unos segundos y dijo: ”De todos modos, compruebe.”. Traté de hacer lo que me ordenó y fue inútil.
En la formación de la mañana siguiente destacó ante la sección mi celo en el servicio y Coquito no pudo explicar por qué se rio; para la siguiente guardia me conseguí un FAL.(...)”

“(...)Sí, raramente estuve cerquita de la muerte a pesar de no haber entrado jamás en combate. Sí, es raro, pero acordate que yo estaba en el Ejército Argentino. Te cuento, estábamos en un control de ruta, esa boludez de cagarnos de frío y parar a los autos que pasaban por la ruta. Un cabo y un compañero estaban encargados de parar a los autos y pedir documentos, otro compañero y yo estábamos en pozos de zorro a unos cincuenta de metros a izquierda y derecha del puesto central armados con ametralladoras Mag para reventar a tiros al que tratara de evadir el control. Era de noche, hacía un frío de cagarse, y yo decidí dormir lo más cómodamente posible en el fondo del pozo. Hasta que me despertó el zumbido de unas balas que pasaban muy cerca, la detonación de los disparos y luego el grito desesperado del cabo-al que no identificaré más exactamente- que me llamaba. El boludo creía que me había cagado a tiros, cuando me desperté del todo le contesté.
¿Qué había pasado?, te preguntarás. Parece que un automovilista se había desviado para evitar el control y el cabo empezó a los tiros con la nueve milímetros contra el auto, pero sobre mí posición. Cuando el otro pibe le dije que yo estaba ahí, el cabo dejó de tirar y le agarró la desesperación. Esa noche creo que me salvaron la indisciplina y el sueño, bueno y que el pozo tuviera la profundidad suficiente, claro. (...)”

“(...) Después de Goose Green tuvimos la absoluta seguridad de que la guerra se perdería, corrían todo tipo de rumores, desde que Galtieri nos embarcaría como infantería hacia las islas hasta que la rendición era inminente. Mientras, seguíamos haciendo guardia, control de ruta y esperando los francos para llamar por teléfono a casa y alcoholizarnos en la Hostería del Automóvil Club Argentino. Algo que aún hoy me llama la atención es que cantábamos, cantábamos mucho. Canciones de rock nacional: Moris, Serú Girán, Piero setentista, y otros que no recuerdo. Había algo muy surrealista en el hecho de escuchar a diez tipos vestidos de militares, en un camión militar, cantando:”Para el pueblo lo que es del pueblo porque el pueblo se lo ganó, para el pueblo lo que es del pueblo, para el pueblo liberación.” Jamás fuimos sancionado por eso, ni oímos comentario alguno. Recuerdo sí que el Teniente quemó ejemplares de la revista Humor en la salamandra de la carpa central; yo aproveché un momento de descuido y quemé todos los ejemplares de una revista pedorra que editaba el ejército para los soldados en la misma salamandra.(...)”

Fragmento de una carta fechada el 14 de Junio de 1982.

“(...)Me enteré de que en las Malvinas están negociando con los ingleses, espero que esta guerra termine pronto.”

14 de Junio de 1982.
“Hoy ha sido un día particularmente triste, cuando nos fuimos a bañar nos dijeron que se había dicho por radio que Menéndez, el gobernador militar en las Malvinas, estaba en tratativas con el Comandante en Jefe de las fuerzas inglesas para tratar la rendición. Bueno, un toco de tipos muertos al pedo. ¿Cómo será el país que nos esperará al cabo de esto?¿Eh?.”

15 de Junio de 1982.

“(...) nos parece que todo esto fue una terrible y trágica payasada. La verdad es que no sé qué pensar, el tiempo dirá como fueron las cosas realmente y si de algo sirvió que tanta gente muriera. En este momento siento que fueron muertes en vano, el tiempo dirá, aunque no consolará a las madres de los pibes que quedaron allá. (...)”


“(...)No recuerdo con exactitud de la fecha pero después del veinte de Junio desembarcaron en Puerto Santa Cruz pibes que habían estado en Malvinas. Queríamos saber qué habían pasado pero no nos animábamos a preguntarles. Yo me limité a escuchar a Colman, un pibe que había estado en nuestro escuadrón y que luego tuvo la mala leche de que lo transfirieran al escuadrón comando, ahí habían formado un grupito de defensa antiaérea con misiles portátiles tierra-aire Bluepipe y lo habían mandado a las islas. Nos contó que los misiles no habían servido para un carajo y que había andado como bola sin manija hasta que lo metieron de camillero. Qué había visto pibes volar en pedazos y se había aterrorizado con el avance de los gurkhas. Mantenía el mismo tono bajito y pausado que le conocíamos para hablar, pero el miedo no se la había ido de los ojos.(...)”

22 de Junio de 1982.

“(...)Por ahora nada más, salvo que tengo muchísimas ganas de escribir y de meditar profundamente pero no encuentro el momento propicio para hacerlo. (...)”

24 de Junio de 1982.

“Creciendo a la vuelta
de una esquina
de flores futuras,
ahí está nuestro lugar.


25 de Junio de 1982.

“A pocos minutos de la madrugada del 25 escribo estas líneas en un avión de la Fuerza Aérea que me lleva de regreso (...)”

“(...) supongo que nunca termina cuando pensás que termina. Hasta ahora más de trescientos excombatientes se suicidaron y en Gran Bretaña otro tanto. No estuve en combate, sólo pasé frío y estuve un año y media soñando con la guerra, y, lo que es peor, algunas veces añoro esos días... jamás volví a sentir el sentimiento de solidaridad y compañerismo que viví con esos pibes a los que desde el ‘84 no veo(...)”

Hace poco más de veinte años que la guerra de Malvinas concluyó, o al menos los sucesos bélicos. No sé en cuántos hombres que ya han pasado los cuarenta sigue desarrollándose, para mí ha sido y es una marca ígnea que reclama respeto y atención.
Mucho se ha escrito y, con seguridad, mucho se va a escribir sobre el tema; espero que valga, entonces, este modesto aporte que intenté desde el esbozo autobiográfico para enfocar otro aspecto.
Julio C. Páez


Escribí este texto en 2004 alentado por la poeta Patricia Damiano que tuvo la deferencia de publicarlo en su sitio de internet y se tomó la molestia de editarlo. Transcribí fidedignamente lo vivido y escrito por el joven soldado que fui entre Abril y Junio de 1982, el episodio del desembarco de buzos tácticos en Caleta Olivia y el avistamiento de dos submarinos ingleses (anotación correspondiente al 29 de Abril de 1982) era una información que no había sido confirmado por otra fuente... hasta hoy, 17 de Junio de 2007, cuando el matutino Clarín ha publicado en su sección El país, páginas 22 y 23, un artículo que titula: Malvinas Submarinos ingleses y misiones secretas en Santa Cruz , confrontar en
http://www.clarin.com
Una buena demostración de que la historia está en construcción permanente.

1 comentario:

Labrisomus dijo...

La historia mi querido Marlowe,la de las grandes editoriales, es pura ficción...

Feliz de leerte
un abrazo
Dino