sábado, 9 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento-tercera parte.

Sofía.

No tendría que estar acá, se dijo mientras vertía edulcorante en el cortado, pero no puedo dejar de controlar todo. ¿Sabrán hacer el trabajo esos infelices? Las instrucciones fueron claras pero no sé si serán capaces de seguirlas. De todos modos no teníamos opciones, ni Charlie ni yo ponemos exponernos abiertamente.
Sacó los cigarrillos de la cartera y encendió uno, a través del vidrio vio el puesto miserable donde se desarrollaría la acción: había un morocho solitario sentado en una de las banquetas, fumando y bebiendo, pensativo. Miró el reloj, las seis y veinte. Temprano. Bebió un sorbo del cortado, no estaba mal para un veinticuatro horas. Casi se lo echó encima cuando lo vio aparecer caminando hacia la esquina. Se acercó al morocho, lo saludó y se sentó junto a él. Trató de imaginar que estaban hablando por sus expresiones.
El viejo parecía nervioso y el morocho se limitaba a escucharlo y a asentir con poco más que monosílabos. Seguro que el viejo ya se dio cuenta de algo y está pidiendo ayuda.
Marcó en el celular el número de los pibes que habían contratado y no obtuvo respuesta. Seguro que estos boludos lo tienen apagado, si al menos pudiera pedir algo fuerte acá... no, tengo que pensar con claridad, mejor lo llamo a Charlie.
-¿Charlie?, sí, estoy acá... tuve que venirme, no, me parece que el viejo sospecha algo... está acá en el puestito... no, habla con un tipo morocho... no, sí... no, nada, me da la impresión de que está nervioso... llamé a los pibes y no contestaron, deben tener el celular apagado... está bien, está bien, no voy a hacer nada. Sí, me quedo acá y espero.
Cortó la comunicación y dejó el celular sobre la mesa. Tal vez se habían precipitado pero no podían depender más del viejo, algo tenían que hacer. ¿Y ahora a dónde va? Este viejo de mierda me va a volver loca, no seguro que va hasta la radio y vuelve.
Volvió a llamar a sus empleados. No hay caso, estos idiotas tienen el celular apagado. La puta que los parió. Apagó con bronca el cigarrillo en el cenicero.
Un pelirrojo pequeño vestido con una campera de jean enorme y gastada saludó al morocho y se sentó junto a él. El morocho parecía ser la figura convocante en el lugar.

Shamán.

Seguro que lo encuentro, a esta hora siempre va a tomarse un cognac con Ramón, se dijo mientras salía del templo y empezaba a caminar hacia la avenida. Tengo miedo y lo peor es no saber a qué. Puede ser cualquiera de ellos.¿Cualquiera?, no, tiene que ser alguno que haya demostrado algún tipo de iniciativa, si yo fuera brujo tendría que saberlo, pensó cínicamente. A los pibes del auto no los conozco, alguien les debe pagar, pero ¿quién?. No son muy hábiles si ni siquiera fueron capaces de violar las cerraduras, eso los hace más peligrosos, seguro que andan de caños y se dan un saque antes de salir. Quieren el tótem, lo que señala a alguien obsesivo y bastante pelotudo. Bueno, que alguien tome en serio la estatuita habla muy bien de mi capacidad de convicción se dijo complacido.
Hacía más de diez años que vivía de su trabajo y hasta el momento no había tenido mayores problemas, se manejaba con discreción y sabía dar a su voz y a sus gestos una elevada espiritualidad contenedora. A los sesenta había accedido a un nivel de vida que jamás había sospechado cuando lustraba zapatos en Constitución, intentaba el pungueo en el Once o se deslomaba doce horas en la textil de Avellaneda.
La experiencia como muchacho de la juventud sindical peronista le había abierto los ojos (tácita influencia espiritual de Lopecito), disciplinar infiltrados había sido una tarea dura pero le había demostrado el poder (¿la fuerza?) de la voluntad cuando se tiene una ideología clara . Después habían venido los milicos y las cosas se habían ido a la mierda, pero sus contactos le permitieron ejercer como custodio del civil que habían puesto como intendente.
Siempre había sido un tipo gracioso y entrador, un gran contador de chistes, un seductor nato; Mirta fue la que lo hizo consciente de todo su potencial. Lo bancó con guita y lecturas, desde el Tao Te Kin hasta la cábala, sin dejar de lado las religiones americanas precolombinas.
Cuando decidió dejarse el pelo largo y asumir sus ascendientes aborígenes, ella lo miró orgullosa y lo llamó por primera vez shamán. Terminaban los ochenta y todos parecían estar encantados con la New Age, el vudú, los rituales de purificación, el Sai Baba, el horóscopo maya, chino, el umbandismo, etc. ; tendencias que tardarían en encontrar su esplendor en los noventa cuando él estuviera perfectamente dispuesto para aprovecharlas.
Francisco estaba, como había previsto, sentado a la diminuta barra del puesto de choripán. Sin saber explicarlo confiaba en él, tal vez por su forma de escuchar y su reticencia a emitir juicio alguno sobre hechos y personas.
Lo saludó, se sentó junto a él y empezó a hablar.

No hay comentarios: