jueves, 7 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento. Primera Parte.

Zulma.

La noche temprana de invierno siempre parece tardía pensó comprendiendo la certeza de la afirmación sin necesidad de poner en palabra los fundamentos. Más tarde, cuando el interrogatorio hizo necesaria la memoria, reapareció la conclusión que nada tenía que ver con los hechos que la policía intentaba establecer, pero que de todos modos la enorgulleció y también, para ser sincera, la sorprendió.
En la noche que aún no necesitaba ser memorada, se cerró el cuello de la campera; el frío no iba a hacer más breve la extensión de su turno. Eran las reglas del juego y las aceptaba con más firmeza que resignación. Le era necesario el laburo para mantener a su hija, el padre aparecía muy de vez en cuando con algo de guita argumentando que el mercado de la cumbia villera estaba jodido por la competencia y apenas si daba para pagar el combustible de la combi, el pago de los músicos y el mantenimiento de instrumentos y equipos. De todos modos accedía a acostarse con él (cuidándose muy bien) más por necesidad y costumbre que deseo, y porque la liberaba de la culpa por desear, de vez en cuando, que terminara rico y mártir como Rodrigo.
Había tomado el turno a las seis. No le gustaba dejar sola a Daniela por la noche pero le debía un favor a Carla y le gustaba pagar sus deudas. Responsable, había llegado a las cinco y media pasadas, cuando la lluvia había cesado, un frío viento del sudoeste arrastraba jirones de nubes grises y una luz rojiza ensangrentaba el Oeste.
Mientras cruzaba la calle había mirado en dirección al carrito de chapa gris y al pizarrón borroneado por la lluvia que aún anunciaba choripán 1$, lomito 1,50$. Sentado en una de las banquetas estaba el morocho que cruzaba a comprar cigarrillos al veinticuatro horas, era amigo de Ramón, el propietario, y le encantaba. Era una sensación estúpida, se decía, pero no estaba dispuesto a evitarla.
Más tarde, cuando se encontrara sentada en una silla incómoda frente a un agente que tipeaba su testimonio con dos dedos en una máquina de escribir destartalada, se preguntaría si no había presentido no bien llegó a la estación que algo venía en la noche que empezaba.
Había cargado diez pesos de común en un Megane y se preguntaba cuánto soportaría el motor esa dieta cuando vio al hombre bajo con el largo pelo gris atado en una coleta, vestido con una campera de lana decorada con motivos geométricos aborígenes acercarse al puesto. No lo conocía personalmente pero sabía que se presentaba como brujo, tenía un programa en la FM trucha que estaba a media cuadra y un templo o consultorio a dos casas de allí. Carla lo había consultado cuando se había enganchado con un pibe de Capital y al cabo de algunos encuentros el pibe se había borrado; luego de la consulta el pibe no había vuelto pero Carla lo había reemplazado por un rubio musculoso y apasionado, de modo que la efectividad o no de los poderes del brujo era una cuestión pendiente.
El brujo se acercó al morocho, lo saludó y se sentó en una banqueta a su lado. Se preguntó qué tendrían en común los dos hombres y se sintió invadida por una sensación de tristeza; estuvo atenta a la inaudible conversación tratando de no parecer demasiado evidente hasta que fue convocada por un individuo que no tenía la menor idea de cómo manejar el compresor para inflar neumáticos.
Cuando pudo retomar la observación el morocho estaba sólo fumando con la vista perdida en el campo de enfrente y la mano izquierda cerrada sobre el pie de una copa baja llena a medias con un líquido ocre.
Más tarde se sentó junto a él un hombre bajo y pelirrojo vestido con una campera de jean que le iba grande y que parecía tener una gran necesidad de hablar; el morocho se limitaba a asentir o a sonreír mientras le daba una pitada al cigarrillo o tomaba un trago.
Llegaron varios autos y tuvo que dejar de nuevo su contemplación distante y dedicó su atención al trabajo.
Era noche cerrada cuando se produjo el suceso: recordó el terror que había sentido cuando el semi remolque del camión azul había barrido sin piedad la vereda de enfrente. Se quedó paralizada junto a un surtidor y alguien apareció en su campo visual desde la derecha. Era el negro García, el cana retirado que hacía la vigilancia. Su habitual tez trigueña se había puesto de un enfermizo tono amarillento.

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