miércoles, 6 de febrero de 2008

Una carrera promisoria.

Cuando Fornelli fue trasladado a la Capital sintió que comenzaba unaetapa ascendente que lo ubicaría en el exacto lugar que creíamerecer. Se sabía poseedor de la formación técnica necesaria paradestacarse en la Policía Criminal (había sido el primero de su clase)y su aspecto físico era el adecuado (un punto nada despreciable paralos tiempos que corrían). Con esa finalidad no había dudado ensometerse a una dura disciplina de ejercicio y a gastar la mayorparte de sus recursos (que no eran excesivos) en la vestimenta queconsideraba adecuada. La ciudad de Malabrigo lo deslumbró (si bien intentó que no fueraevidente el goce para ocultar su condición de provinciano); lamagnitud de los edificios, la amplitud y limpieza de lass calles, laelegancia de los hombres y mujeres, y hasta la calidad de los velocesautomóviles que raramente podían verse en su ciudad natal. Todoparecía dispuesto para que él desarrollara una brillante carrera queinexorablemente lo llevaría a las anheladas instancias de poder.Intentó no desilusionarse cuando accedió a la oficina a la que habíasido designado: un lugar más bien sombrío, con máquinas de escribirde mediados del siglo XX y escritorios de madera oscura recargados depapeles desordenados. Lo recibió un hombre alto, con una panzaprominente, rostro colorado y unos diminutos anteojos en la punta dela nariz; su ropa no contribuía a mejorar su aspecto: la camisablanca estaba arrugada y no parecía muy limpia, la corbata colgaba aun lado con un nudo que alguna vez había sido triangular y negro.Fornelli admitió con estoica resignación que aquel individuo era sujefe, el Comisario Inspector Gutiérrez, y que otros dos individuos nomenos desaliñados eran sus compañeros de sección. Su primeraasignación fue clasificar los expedientes que había advertido comopapeles desordenados sobre los escritorios, su sentido de disciplinaera fuerte, de modo que limpió una silla con su pañuelo y se dispusoa trabajar. Por la tarde, Gutiérrez atendió un llamado telefónico yle dijo -Vení, pibe, esto te va servir.Salieron a la calle y abordaron un coche negro sin patente de aspectoafín a la oficina. Gutiérrez manejaba con indolencia sin señalizarsus maniobras y apenas despegando el pie del acelerador en lasesquinas; Fornelli se descubrió con la mano derecha apoyada confuerza sobre el tablero.-No te asustés, pibe, hace años que manejo y nunca tuve un accidente,bueno, algún rayón o bollito pero nada grave.-¿A dónde vamos? -se animó a preguntar Fornelli.-Un caso de suicidio. Fornelli se contuvo para no preguntar cómo podía hacer unaafirmación tan rotunda cuando aún no había llegado al lugar delhecho, Gutiérrez le dirigió una mirada interrogante y silenciosa.Accedieron a una calle de casas bajas y árboles prolijamenterecortados; frente a una de las casas estaba estacionado unpatrullero y un poco más allá un grupo de mujeres y algunos chicos.Gutiérrez estacionó junto al patrullero y los dos bajaron; lospolicías de uniforme saludaron al comisario y uno los condujo haciael interior de la casa. Ingresaron a un living de clase media conalgunos sillones, biblioteca, equipo de audio, televisor, reproductorde dva y arte abstracto en las paredes.-No está nada mal -comentó Gutiérrez deteniéndose frente a uno de loscuadros. Luego volviéndose hacia el patrullero preguntó -¿La occisavivía sola?-Eso me dijeron los vecinos, parece que era una chica del interiorque estudiaba Derecho y alquilaba esta casa desde hace un año más omenos -explicó el policía consultando una libreta.-¿Cómo era su vida social?-Bastante solitaria según las vecinas.-Claro -admitió Gutiérrez-. Bueno, veamos el cuerpo, el forense estápor llegar...Fornelli siguió a su superior preguntándose qué había querido decircon su admisión de claridad. Entraron a un dormitorio einmediatamente la vieron.-Uf -dijo Gutiérrez y Fornelli no pudo evitar sentir simpatía ante laconmoción de su superior. La chica estaba desnuda echada sobre lacama definitivamente, era delgada, de pechos amplios y piernaslargas, su sexo apenas entreabierto estaba rodeado de vello rubio;Fornelli pensó que tranquilamente podía ser el desplegable central decualquier revista para hombres, claro, si uno evitaba fotografiar elcráneo destrozado por el disparo y la mano derecha crispada sobre elrevólver.-¿Qué opina, Fornelli? -preguntó Gutiérrez. Fornelli caminó alrededor del cadáver y luego se fijó en elmobiliario, en su disposición y estado. Dijo -No hay signos deviolencia, no parece que faltara ningún objeto de valor... no tengoindicios para suponer que no sea un suicidio, supongo que de todosmodos habrá que esperar por los exámenes que corresponden... -Claro, claro. ¿Y qué opina?-Ya le dije.-No, no me ha entendido, ¿qué opina?, deje de lado al policía por un momento...-Un desperdicio, no tiene sentido.Gutiérrez sonrió, le puso una mano sobre el hombro y le dijo -Vamos,ya fue suficiente. Ya en la calle, Fornelli preguntó -¿Por qué supuso que eraun suicidio antes de ver el cuerpo?-¿Ha visto las últimas estadísticas?-Sí, claro.-¿Nuestras estadísticas?-Las oficiales.-No, muchacho, ahora cuando regresemos vea las nuestras. Volvieron al despacho y Gutiérrez le entregó las estadísticas. Los resultados eran impresionantes, los suicidios de adolescentes yjóvenes eran una plaga que asolaba Malabrigo con constancia ydedicación.-Dicen que es un desequilibrio estacional -explicó Gutiérrez cuandopercibió sorpresa y alarma en el rostro del subordinado.-¿Y cuánto dura?-Tres años y medio...-Una estación larga.-El clima está cambiando… Tornelli sonrió con tristeza y supo que su carrera no iba a ser tan veloz como había estimado.

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