martes, 12 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento-quinta parte.

Charlie
Después del llamado de Sofía fue incapaz de concentrarse en el
trabajo, le pidió disculpas a la clienta y le dijo que se sentía un
poco mareado, luego llamó a Rober para que terminara. Caminó hasta
la oficina, cerró la puerta, se sentó en el sillón y puso los pies
sobre el escritorio. Estaba tenso. Se debatió unos segundos con la
tentación de encender un cigarrillo y al cabo lo encendió. Mientras
exhalaba la primera bocanada admitió que estaba nervioso, más que
nervioso asustado.
Sí, estoy asustado, ¿y qué?, tengo motivos para estarlo. Si la
operación sale mal nos vamos a la mierda. No sé para qué me metí en
esto, aún cuando consigamos el tótem queda ver si somos capaces de
utilizarlo. Mejor la llamo a Sofía y le digo que suspenda todo. No.
Mejor no. Sólo la pondría más nerviosa, además los pibes tienen el
celular apagado. ¿Y si me voy para allá?, sí, es lo mejor, le hago
compañía y evito que haga cualquier cagada.
Se puso una campera, salió de la oficina, saludó a los clientes que
esperaban y se detuvo frente al escritorio de la recepción. Lucía lo
miró sorprendida y su expresión se acentuó cuando le dijo que tenía
que salir y que era probable que no volviera hasta el día siguiente;
intentó tranquilizarla explicándole que era algo urgente pero no
grave y salió.
Luego de abrir la puerta del auto y antes de sentarse frente al
volante dirigió su vista hacia el frente del local y lo admiró con
orgullo: era la mejor peluquería de Quilmes, la más fashion, y lo más
importante es que era suya. ¿Quién hubiera sospechado que llegaría
hasta allí cuando debía soportar las burlas de sus pares en la
escuela o en el club por la delicadeza de sus modales y su dicción?
Seguramente la mayoría de sus verdugos estaban desocupados o
trabajando doce horas por un sueldo miserable. Era un pensamiento
repulsivo y trataba de evitarlo, pero de vez en cuando lo consideraba
eficaz para evaluar adecuadamente sus logros.
Se sentó, encendió el motor y puso primera.

domingo, 10 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-Cuento-Cuarta parte.

Oscar.

Bajó del colectivo una cuadra antes de la esquina que le había indicado Francisco, una costumbre que ejercía siempre que se dirigía a un lugar desconocido. Lo impulsaba la necesidad de reconocimiento del ámbito en el que debía situarse, necesidad que experimentaba desde su adolescencia y que durante bastante tiempo lo había avergonzado. Pero, desde que se había asumido como un militante revolucionario, se enorgullecía de esa inconsciente y precoz disposición para adoptar medidas de seguridad.
Había dejado de llover y la luz rojiza del sol crepuscular aparecía de vez en cuando entre las nubes grises que arrastraba el viento sudoeste hacia el río. Se levantó el cuello de la campera y apuró el paso: caminaba por una avenida que seguía hacia el sur, la circulación de vehículos era abundante; a la izquierda aparecía un barrio de chalets de clase media con pretensiones (que parecían haber quedado truncas), a la derecha; del otro lado, una estación de servicio que ofrecía los productos, accesorios y actividades que la clase dominante considera imprescindibles para sus automóviles.
Lo alegró reconocer el lugar de la cita ( por unos segundos había temido que fuera el veinticuatro horas de la estación de servicio). En la esquina, mientras esperaba que el semáforo le diera paso, lo observó: un carro de chapas de aluminio que funcionaba como expendio de choripanes situado en la ochava delante del tendido de alambre tejido que delimitaba el terreno de una fábrica abandonada.
Francisco pensó, viéndolo de espalda sentado en una banqueta, siempre fue un tipo puntual. ¿Bastaba ese rasgo para concluir que seguía siendo el mismo?, ¿seguiría teniendo la firmeza que había demostrado en las marchas, huelgas y denuncias?
Cruzó la calle y lo llamó, Francisco se dio vuelta, sonrió y se levantó para saludarlo. Se estrecharon las manos con fuerza y vio el cansancio en la mirada y en la sonrisa deslucida, como si se estuviera alejándose con un desplazamiento inexorable y fatal.
Será difícil, está quebrado, el sistema es implacable en la demolición y recordó a la pendeja tirada desnuda en la cama, las manos envueltas en guantes de seda ofreciendo sus pechos y su sexo abierto intentando encontrar su expresión más perversa para fotografiarse y subir su imagen a internet.
Quiero ser una estrella porno y estoy trabajando, le había explicado cuando lo había recibido desnuda y lo había hecho pasar al estudio para seguir fotografiándose. Con seguridad, sin vergüenza alguna. No debía tener mucho más de dieciocho años, si es que los tenía, y lo había hecho sentir como un imbécil.
No será fácil se dijo antes de aceptar el cognac que le ofreció Francisco, pero para algo estaba ahí y tenía experiencia en el trabajo que se proponía.
“Vos sos un cuadro, siempre lo fuiste... no, no te hagás el boludo... ¿ves?, te estás evadiendo de nuevo... siempre lo supe, pero ahora tengo la obligación de decírtelo, no podés quedarte al margen, tarde o temprano te vas a dar cuenta de que te estás desperdiciando... sí, estoy seguro...vos ahora te cagás de risa, me boludeás pero sabés que tengo razón... estamos en medio de una situación fluctuante que... no, no me jodás con lo de prerrevolucionaria... no, pero si sabemos aprovecharla nos ofrece una gran oportunidad de crecimiento... están dadas las condiciones para que la clase obrera vea el capitalismo con claridad y forje una alianza con los sectores de desocupados movilizados... es una etapa propicia además para denunciar el fraude que ha sido históricamente el peronismo como supuesto representante de sus intereses... por fin después de tanto tiempo se ven las limitaciones evidentes de los partidos burgueses para cargarse de algún tipo de representación popular... la pauperización de la clase media también contribuye a demostrar la imposibilidad del desarrollo de su proyecto individualista ya no de ascenso social, sino meramente de supervivencia... claro que hay sectores que giran a la derecha o directamente a un fascismo que no se anima a ser explícito... pero mirá lo que paso con Blumberg, duró lo que un pedo en el viento, toda opción por derecha es cooptada por el sistema, en ese sentido es maravilloso el cinismo amorfo del peronismo, disuelve y aplasta cualquier planteo alternativo...no, no el nuestro, porque tenemos un proyecto claro y distinto, como diría el buen viejo Descartes... no, no es solamente que el partido te necesite a vos, vos, aunque no lo sepas, necesitás al partido... te estás desperdiciando y no es que me ponga místico pero algún día vas a pagar por desperdiciar tus dones... nadie te lo va a reclamar pero no podés seguir evadiéndote para siempre... sí, la minita, ¿por qué me preguntás?... la pendeja es una víctima... eso no tiene nada que ver... es preciosa... no, eso es una falacia, ella no es libre... sí, ya sé en la villa ya hubiera cogido con el primero que la hubiera calentado un poco y ya tendría un par de pibes, sí, ya sé, ya sé... vos querés creer que le estás dando una libertad que no tiene... no, no te pongás en cínico... no, sí, vos tenés la autoridad moral... vos estuviste donde fue necesario estar, por eso... sí, tal vez no fueron los mejores resultados pero ¿desde cuándo una acción política se mide por los resultados inmediatos?... no, viejo, eso es estalinismo, no jodás... está bien, sí, tal vez perdí algo de humor pero…”

sábado, 9 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento-tercera parte.

Sofía.

No tendría que estar acá, se dijo mientras vertía edulcorante en el cortado, pero no puedo dejar de controlar todo. ¿Sabrán hacer el trabajo esos infelices? Las instrucciones fueron claras pero no sé si serán capaces de seguirlas. De todos modos no teníamos opciones, ni Charlie ni yo ponemos exponernos abiertamente.
Sacó los cigarrillos de la cartera y encendió uno, a través del vidrio vio el puesto miserable donde se desarrollaría la acción: había un morocho solitario sentado en una de las banquetas, fumando y bebiendo, pensativo. Miró el reloj, las seis y veinte. Temprano. Bebió un sorbo del cortado, no estaba mal para un veinticuatro horas. Casi se lo echó encima cuando lo vio aparecer caminando hacia la esquina. Se acercó al morocho, lo saludó y se sentó junto a él. Trató de imaginar que estaban hablando por sus expresiones.
El viejo parecía nervioso y el morocho se limitaba a escucharlo y a asentir con poco más que monosílabos. Seguro que el viejo ya se dio cuenta de algo y está pidiendo ayuda.
Marcó en el celular el número de los pibes que habían contratado y no obtuvo respuesta. Seguro que estos boludos lo tienen apagado, si al menos pudiera pedir algo fuerte acá... no, tengo que pensar con claridad, mejor lo llamo a Charlie.
-¿Charlie?, sí, estoy acá... tuve que venirme, no, me parece que el viejo sospecha algo... está acá en el puestito... no, habla con un tipo morocho... no, sí... no, nada, me da la impresión de que está nervioso... llamé a los pibes y no contestaron, deben tener el celular apagado... está bien, está bien, no voy a hacer nada. Sí, me quedo acá y espero.
Cortó la comunicación y dejó el celular sobre la mesa. Tal vez se habían precipitado pero no podían depender más del viejo, algo tenían que hacer. ¿Y ahora a dónde va? Este viejo de mierda me va a volver loca, no seguro que va hasta la radio y vuelve.
Volvió a llamar a sus empleados. No hay caso, estos idiotas tienen el celular apagado. La puta que los parió. Apagó con bronca el cigarrillo en el cenicero.
Un pelirrojo pequeño vestido con una campera de jean enorme y gastada saludó al morocho y se sentó junto a él. El morocho parecía ser la figura convocante en el lugar.

Shamán.

Seguro que lo encuentro, a esta hora siempre va a tomarse un cognac con Ramón, se dijo mientras salía del templo y empezaba a caminar hacia la avenida. Tengo miedo y lo peor es no saber a qué. Puede ser cualquiera de ellos.¿Cualquiera?, no, tiene que ser alguno que haya demostrado algún tipo de iniciativa, si yo fuera brujo tendría que saberlo, pensó cínicamente. A los pibes del auto no los conozco, alguien les debe pagar, pero ¿quién?. No son muy hábiles si ni siquiera fueron capaces de violar las cerraduras, eso los hace más peligrosos, seguro que andan de caños y se dan un saque antes de salir. Quieren el tótem, lo que señala a alguien obsesivo y bastante pelotudo. Bueno, que alguien tome en serio la estatuita habla muy bien de mi capacidad de convicción se dijo complacido.
Hacía más de diez años que vivía de su trabajo y hasta el momento no había tenido mayores problemas, se manejaba con discreción y sabía dar a su voz y a sus gestos una elevada espiritualidad contenedora. A los sesenta había accedido a un nivel de vida que jamás había sospechado cuando lustraba zapatos en Constitución, intentaba el pungueo en el Once o se deslomaba doce horas en la textil de Avellaneda.
La experiencia como muchacho de la juventud sindical peronista le había abierto los ojos (tácita influencia espiritual de Lopecito), disciplinar infiltrados había sido una tarea dura pero le había demostrado el poder (¿la fuerza?) de la voluntad cuando se tiene una ideología clara . Después habían venido los milicos y las cosas se habían ido a la mierda, pero sus contactos le permitieron ejercer como custodio del civil que habían puesto como intendente.
Siempre había sido un tipo gracioso y entrador, un gran contador de chistes, un seductor nato; Mirta fue la que lo hizo consciente de todo su potencial. Lo bancó con guita y lecturas, desde el Tao Te Kin hasta la cábala, sin dejar de lado las religiones americanas precolombinas.
Cuando decidió dejarse el pelo largo y asumir sus ascendientes aborígenes, ella lo miró orgullosa y lo llamó por primera vez shamán. Terminaban los ochenta y todos parecían estar encantados con la New Age, el vudú, los rituales de purificación, el Sai Baba, el horóscopo maya, chino, el umbandismo, etc. ; tendencias que tardarían en encontrar su esplendor en los noventa cuando él estuviera perfectamente dispuesto para aprovecharlas.
Francisco estaba, como había previsto, sentado a la diminuta barra del puesto de choripán. Sin saber explicarlo confiaba en él, tal vez por su forma de escuchar y su reticencia a emitir juicio alguno sobre hechos y personas.
Lo saludó, se sentó junto a él y empezó a hablar.

viernes, 8 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-Cuento-Segunda parte.

García.

Tengo que dejar de chupar o al menos controlarlo un poco se dijo previendo que no iba a prestarse demasiada atención. Golpeó la suela del zapato derecho contra el piso y luego siguió con el izquierdo e inició un zapateo que esperó fuera sutil; el frío ponía en evidencia sus dificultades circulatorias y edad.
La pendeja se ubicó a un costado del surtidor y le fue imposible no dirigir su mirada hacia el culito carnoso apretado bajo la calza amarilla. La guacha sabía que lo calentaba y lo disfrutaba; aumentaba su placer manteniéndolo a distancia y haciéndose la estrecha. Como si él no supiera que la muy putita había parido a los dieciséis y no había tenido la decencia de casarse o al menos juntarse con el padre del crío.
No te harías tanto la difícil si me hubieras conocido antes, pensó recordando sus años de Falcon nocturno, máquina y dominio de cuerpos, almas y bienes. La nostalgia (o la limitación mental) le impidió darse cuenta de que en aquella época dorada la pendeja debatía su posibilidad de ser entre óvulos y espermatozoides.
Yo hubiera podido ser grande, carajo, grande de verdad y no terminar como un cana retirado, cagado de frío y despreciado por una putita. Por ahí tiene razón la Susi en lo que me dijo anoche, pero hay formas y formas de decirle cosas a un macho. Ya va a volver cuando extrañe la disciplina.
El auto deportivo entro veloz en la playa desde el lado de Quilmes y encaró para el veinticuatro horas, se echó hacia atrás y el auto pasó frente a él y estacionó unos metros a la derecha. Dispuesto a putear al conductor, enmudeció ante la hembra portentosa que emergió del vehículo: alta, rubia, de pechos grandes y firmes y una boca promisoria. Sólo pudo saludar con una inclinación de cabeza, la mujer le dedicó un sonrisa lateral y entró en el veinticuatro horas; quiso creer que el balanceo de caderas le había sido dedicado pero no le alcanzó la fe.

jueves, 7 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento. Primera Parte.

Zulma.

La noche temprana de invierno siempre parece tardía pensó comprendiendo la certeza de la afirmación sin necesidad de poner en palabra los fundamentos. Más tarde, cuando el interrogatorio hizo necesaria la memoria, reapareció la conclusión que nada tenía que ver con los hechos que la policía intentaba establecer, pero que de todos modos la enorgulleció y también, para ser sincera, la sorprendió.
En la noche que aún no necesitaba ser memorada, se cerró el cuello de la campera; el frío no iba a hacer más breve la extensión de su turno. Eran las reglas del juego y las aceptaba con más firmeza que resignación. Le era necesario el laburo para mantener a su hija, el padre aparecía muy de vez en cuando con algo de guita argumentando que el mercado de la cumbia villera estaba jodido por la competencia y apenas si daba para pagar el combustible de la combi, el pago de los músicos y el mantenimiento de instrumentos y equipos. De todos modos accedía a acostarse con él (cuidándose muy bien) más por necesidad y costumbre que deseo, y porque la liberaba de la culpa por desear, de vez en cuando, que terminara rico y mártir como Rodrigo.
Había tomado el turno a las seis. No le gustaba dejar sola a Daniela por la noche pero le debía un favor a Carla y le gustaba pagar sus deudas. Responsable, había llegado a las cinco y media pasadas, cuando la lluvia había cesado, un frío viento del sudoeste arrastraba jirones de nubes grises y una luz rojiza ensangrentaba el Oeste.
Mientras cruzaba la calle había mirado en dirección al carrito de chapa gris y al pizarrón borroneado por la lluvia que aún anunciaba choripán 1$, lomito 1,50$. Sentado en una de las banquetas estaba el morocho que cruzaba a comprar cigarrillos al veinticuatro horas, era amigo de Ramón, el propietario, y le encantaba. Era una sensación estúpida, se decía, pero no estaba dispuesto a evitarla.
Más tarde, cuando se encontrara sentada en una silla incómoda frente a un agente que tipeaba su testimonio con dos dedos en una máquina de escribir destartalada, se preguntaría si no había presentido no bien llegó a la estación que algo venía en la noche que empezaba.
Había cargado diez pesos de común en un Megane y se preguntaba cuánto soportaría el motor esa dieta cuando vio al hombre bajo con el largo pelo gris atado en una coleta, vestido con una campera de lana decorada con motivos geométricos aborígenes acercarse al puesto. No lo conocía personalmente pero sabía que se presentaba como brujo, tenía un programa en la FM trucha que estaba a media cuadra y un templo o consultorio a dos casas de allí. Carla lo había consultado cuando se había enganchado con un pibe de Capital y al cabo de algunos encuentros el pibe se había borrado; luego de la consulta el pibe no había vuelto pero Carla lo había reemplazado por un rubio musculoso y apasionado, de modo que la efectividad o no de los poderes del brujo era una cuestión pendiente.
El brujo se acercó al morocho, lo saludó y se sentó en una banqueta a su lado. Se preguntó qué tendrían en común los dos hombres y se sintió invadida por una sensación de tristeza; estuvo atenta a la inaudible conversación tratando de no parecer demasiado evidente hasta que fue convocada por un individuo que no tenía la menor idea de cómo manejar el compresor para inflar neumáticos.
Cuando pudo retomar la observación el morocho estaba sólo fumando con la vista perdida en el campo de enfrente y la mano izquierda cerrada sobre el pie de una copa baja llena a medias con un líquido ocre.
Más tarde se sentó junto a él un hombre bajo y pelirrojo vestido con una campera de jean que le iba grande y que parecía tener una gran necesidad de hablar; el morocho se limitaba a asentir o a sonreír mientras le daba una pitada al cigarrillo o tomaba un trago.
Llegaron varios autos y tuvo que dejar de nuevo su contemplación distante y dedicó su atención al trabajo.
Era noche cerrada cuando se produjo el suceso: recordó el terror que había sentido cuando el semi remolque del camión azul había barrido sin piedad la vereda de enfrente. Se quedó paralizada junto a un surtidor y alguien apareció en su campo visual desde la derecha. Era el negro García, el cana retirado que hacía la vigilancia. Su habitual tez trigueña se había puesto de un enfermizo tono amarillento.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Una carrera promisoria.

Cuando Fornelli fue trasladado a la Capital sintió que comenzaba unaetapa ascendente que lo ubicaría en el exacto lugar que creíamerecer. Se sabía poseedor de la formación técnica necesaria paradestacarse en la Policía Criminal (había sido el primero de su clase)y su aspecto físico era el adecuado (un punto nada despreciable paralos tiempos que corrían). Con esa finalidad no había dudado ensometerse a una dura disciplina de ejercicio y a gastar la mayorparte de sus recursos (que no eran excesivos) en la vestimenta queconsideraba adecuada. La ciudad de Malabrigo lo deslumbró (si bien intentó que no fueraevidente el goce para ocultar su condición de provinciano); lamagnitud de los edificios, la amplitud y limpieza de lass calles, laelegancia de los hombres y mujeres, y hasta la calidad de los velocesautomóviles que raramente podían verse en su ciudad natal. Todoparecía dispuesto para que él desarrollara una brillante carrera queinexorablemente lo llevaría a las anheladas instancias de poder.Intentó no desilusionarse cuando accedió a la oficina a la que habíasido designado: un lugar más bien sombrío, con máquinas de escribirde mediados del siglo XX y escritorios de madera oscura recargados depapeles desordenados. Lo recibió un hombre alto, con una panzaprominente, rostro colorado y unos diminutos anteojos en la punta dela nariz; su ropa no contribuía a mejorar su aspecto: la camisablanca estaba arrugada y no parecía muy limpia, la corbata colgaba aun lado con un nudo que alguna vez había sido triangular y negro.Fornelli admitió con estoica resignación que aquel individuo era sujefe, el Comisario Inspector Gutiérrez, y que otros dos individuos nomenos desaliñados eran sus compañeros de sección. Su primeraasignación fue clasificar los expedientes que había advertido comopapeles desordenados sobre los escritorios, su sentido de disciplinaera fuerte, de modo que limpió una silla con su pañuelo y se dispusoa trabajar. Por la tarde, Gutiérrez atendió un llamado telefónico yle dijo -Vení, pibe, esto te va servir.Salieron a la calle y abordaron un coche negro sin patente de aspectoafín a la oficina. Gutiérrez manejaba con indolencia sin señalizarsus maniobras y apenas despegando el pie del acelerador en lasesquinas; Fornelli se descubrió con la mano derecha apoyada confuerza sobre el tablero.-No te asustés, pibe, hace años que manejo y nunca tuve un accidente,bueno, algún rayón o bollito pero nada grave.-¿A dónde vamos? -se animó a preguntar Fornelli.-Un caso de suicidio. Fornelli se contuvo para no preguntar cómo podía hacer unaafirmación tan rotunda cuando aún no había llegado al lugar delhecho, Gutiérrez le dirigió una mirada interrogante y silenciosa.Accedieron a una calle de casas bajas y árboles prolijamenterecortados; frente a una de las casas estaba estacionado unpatrullero y un poco más allá un grupo de mujeres y algunos chicos.Gutiérrez estacionó junto al patrullero y los dos bajaron; lospolicías de uniforme saludaron al comisario y uno los condujo haciael interior de la casa. Ingresaron a un living de clase media conalgunos sillones, biblioteca, equipo de audio, televisor, reproductorde dva y arte abstracto en las paredes.-No está nada mal -comentó Gutiérrez deteniéndose frente a uno de loscuadros. Luego volviéndose hacia el patrullero preguntó -¿La occisavivía sola?-Eso me dijeron los vecinos, parece que era una chica del interiorque estudiaba Derecho y alquilaba esta casa desde hace un año más omenos -explicó el policía consultando una libreta.-¿Cómo era su vida social?-Bastante solitaria según las vecinas.-Claro -admitió Gutiérrez-. Bueno, veamos el cuerpo, el forense estápor llegar...Fornelli siguió a su superior preguntándose qué había querido decircon su admisión de claridad. Entraron a un dormitorio einmediatamente la vieron.-Uf -dijo Gutiérrez y Fornelli no pudo evitar sentir simpatía ante laconmoción de su superior. La chica estaba desnuda echada sobre lacama definitivamente, era delgada, de pechos amplios y piernaslargas, su sexo apenas entreabierto estaba rodeado de vello rubio;Fornelli pensó que tranquilamente podía ser el desplegable central decualquier revista para hombres, claro, si uno evitaba fotografiar elcráneo destrozado por el disparo y la mano derecha crispada sobre elrevólver.-¿Qué opina, Fornelli? -preguntó Gutiérrez. Fornelli caminó alrededor del cadáver y luego se fijó en elmobiliario, en su disposición y estado. Dijo -No hay signos deviolencia, no parece que faltara ningún objeto de valor... no tengoindicios para suponer que no sea un suicidio, supongo que de todosmodos habrá que esperar por los exámenes que corresponden... -Claro, claro. ¿Y qué opina?-Ya le dije.-No, no me ha entendido, ¿qué opina?, deje de lado al policía por un momento...-Un desperdicio, no tiene sentido.Gutiérrez sonrió, le puso una mano sobre el hombro y le dijo -Vamos,ya fue suficiente. Ya en la calle, Fornelli preguntó -¿Por qué supuso que eraun suicidio antes de ver el cuerpo?-¿Ha visto las últimas estadísticas?-Sí, claro.-¿Nuestras estadísticas?-Las oficiales.-No, muchacho, ahora cuando regresemos vea las nuestras. Volvieron al despacho y Gutiérrez le entregó las estadísticas. Los resultados eran impresionantes, los suicidios de adolescentes yjóvenes eran una plaga que asolaba Malabrigo con constancia ydedicación.-Dicen que es un desequilibrio estacional -explicó Gutiérrez cuandopercibió sorpresa y alarma en el rostro del subordinado.-¿Y cuánto dura?-Tres años y medio...-Una estación larga.-El clima está cambiando… Tornelli sonrió con tristeza y supo que su carrera no iba a ser tan veloz como había estimado.

sábado, 2 de febrero de 2008

X. en la Patagonia, Tercera y última parte.

Los días de Junio.


No hay correspondencia ni registros en el diario entre el 31 de Mayo y el 13 de Junio de 1982.

“(...) la situación se fue haciendo más crítica y confusa, tanto en la información que recibíamos de lo que estaba ocurriendo en las islas como en lo que vivíamos nosotros. La primera sección de tanques del escuadrón B adquiría-o meramente asumía- características peculiares: hubo un intento de suicidio-que contribuí a frustrar- y planes para un asesinato.
Respecto a la primera cuestión sigue siendo un asunto personalísimo que no me siento autorizado a desarrollar, respecto a la segunda aún hoy me parece que fue un resultado lógico. El teniente Canaves continuaba en su intento de imponer una disciplina prusiana a un grupo que cada vez mostraba mayores signos de agotamiento mental y físico, agresividad y resistencia a cualquier forma de autoridad.
Era como si hubiéramos establecido una estrecha alianza entre nosotros y nuestros familiares, a través de las cartas y las encomiendas, para resistir; y cualquiera que quisiera quebrar ese círculo automáticamente se convertía en nuestro enemigo. Los suboficiales que estaban en contacto cotidiano con nosotros lo comprendieron rápidamente, a excepción del cabo primero Sánchez, que además de ser una completa bestia era un obsecuente del jefe de sección-no utilizábamos un término tan educado, claro, sino el más explícito “chupatrozo”. De todos modos no tuvimos mayores conflictos con él, nos limitábamos a burlarnos y no darle bola.
No sé quién fue el primero en plantear la idea del asesinato, sólo sé que varios vaciaron los cargadores de las pistolas y serrucharon la punta de los proyectiles en cuatro; pensaban que de esta forma cuando la bala penetrara en el cuerpo del teniente se fragmentaría dándole una muerte inmediata o al menos una herida grave.
Cuando vi el procedimiento por primera vez me pareció sólo una forma de simbolizar una violencia que no podía ser ejercida, lo empecé a tomar más en serio cuando vi el entusiasmo con el que alguno de mis compañeros tomaba la guardia, y un poquito más cuando me enteré de que el Sargento Ojeda le había informado al Teniente que entre los soldados se pensaba asesinarlo durante algún servicio. El tipo le había respondido si nos creía capaces de disparar y el Sargento le había respondido que sí.
Yo no había serruchado mis municiones pero tampoco mi sentido del humor, de modo que fui el único que, al menos virtualmente, le disparó al Jefe. Te cuento, todos los días comprobábamos el funcionamiento de las pistolas, una mañana la corredera se trabó y ya no hubo forma de hacer que la munición pasara del cargador a la recámara. Le comuniqué la novedad al tipo y no me dio bola. A la noche siguiente me tocó hacer guardia y le volví a decir que mi arma no funcionaba y que no era lógico obligarme a apostarme con una pistola inútil. No sé que boludez gruñó pero lo mismo me mandó a la guardia.
El puesto estaba en la cima de un cerro y debíamos permanecer allí durante cuatro horas hasta que llegara el relevo, me acompañaba Coquito, un pibe de Ranchos que tampoco se quedaba atrás en la joda. Le expliqué mi idea y desplazamos el puesto a unos treinta metros de su ubicación original. Coquito me preguntó si pensaba que con la gripe que tenía el Teniente se iba a poner a subir y bajar cerros a las dos de la mañana con el frío que hacía, y yo le respondí que sí, que un milico fanático como era él no podía hacer otra cosa.
Las horas pasaron muy despacio, conversábamos y caminábamos pero yo me mantenía muy atento a cualquier sonido que indicara la aproximación del objetivo. No era una noche cerrada pero no se veía demasiado más allá de unos metros. Coquito dijo en voz baja y sonriendo: “Está caminando para el lugar donde debía estar el puesto”. “Sí, ya lo oí, ahora silencio”. Yo había escuchado el ruido de los pasos que las piedritas sueltas de la ladera del cerro hacían evidente.
No sé que pasaría por la cabeza de Teniente en ese momento pero yo quería que en los próximos minutos fuera terror. Cuando no nos encontró en nuestra ubicación original se desvió hacia el oeste acercándose a nuestra posición real, cuando lo presumí a unos veinte metros le di la primera voz de alto. “Alto, ¿quién vive?”. Escuché con claridad que respondía:”Oficial de servicio”. Hice como si no lo hubiera escuchado y volví a gritar la voz de alto, el tipo volvió a responder con claridad, volví a insistir en mi voz de alto y tiré la corredera de mi pistola-inútil-ruidosamente hacia atrás. Si el tipo no se identificaba claramente yo tenía la obligación de dispararle. Gritó con urgencia: “OFICIAL DE SERVICIO”. Le pedí la señal de reconocimiento y dejé que avanzara, Coquito, a mi lado, trataba de sofocar la risa.
Cuando estuvo a unos metros nos preguntó quiénes éramos, nos identificamos y preguntó quién había cargado, le respondí que había sido yo y me ordenó que comprobara el arma. Es decir que sacara el cargador de la pistola, desplazara la corredera y desalojara la munición que había quedado en la recámara. Le respondí que era inútil, porque, ya que como se lo había informado, mi arma no cargaba. Dudó unos segundos y dijo: ”De todos modos, compruebe.”. Traté de hacer lo que me ordenó y fue inútil.
En la formación de la mañana siguiente destacó ante la sección mi celo en el servicio y Coquito no pudo explicar por qué se rio; para la siguiente guardia me conseguí un FAL.(...)”

“(...)Sí, raramente estuve cerquita de la muerte a pesar de no haber entrado jamás en combate. Sí, es raro, pero acordate que yo estaba en el Ejército Argentino. Te cuento, estábamos en un control de ruta, esa boludez de cagarnos de frío y parar a los autos que pasaban por la ruta. Un cabo y un compañero estaban encargados de parar a los autos y pedir documentos, otro compañero y yo estábamos en pozos de zorro a unos cincuenta de metros a izquierda y derecha del puesto central armados con ametralladoras Mag para reventar a tiros al que tratara de evadir el control. Era de noche, hacía un frío de cagarse, y yo decidí dormir lo más cómodamente posible en el fondo del pozo. Hasta que me despertó el zumbido de unas balas que pasaban muy cerca, la detonación de los disparos y luego el grito desesperado del cabo-al que no identificaré más exactamente- que me llamaba. El boludo creía que me había cagado a tiros, cuando me desperté del todo le contesté.
¿Qué había pasado?, te preguntarás. Parece que un automovilista se había desviado para evitar el control y el cabo empezó a los tiros con la nueve milímetros contra el auto, pero sobre mí posición. Cuando el otro pibe le dije que yo estaba ahí, el cabo dejó de tirar y le agarró la desesperación. Esa noche creo que me salvaron la indisciplina y el sueño, bueno y que el pozo tuviera la profundidad suficiente, claro. (...)”

“(...) Después de Goose Green tuvimos la absoluta seguridad de que la guerra se perdería, corrían todo tipo de rumores, desde que Galtieri nos embarcaría como infantería hacia las islas hasta que la rendición era inminente. Mientras, seguíamos haciendo guardia, control de ruta y esperando los francos para llamar por teléfono a casa y alcoholizarnos en la Hostería del Automóvil Club Argentino. Algo que aún hoy me llama la atención es que cantábamos, cantábamos mucho. Canciones de rock nacional: Moris, Serú Girán, Piero setentista, y otros que no recuerdo. Había algo muy surrealista en el hecho de escuchar a diez tipos vestidos de militares, en un camión militar, cantando:”Para el pueblo lo que es del pueblo porque el pueblo se lo ganó, para el pueblo lo que es del pueblo, para el pueblo liberación.” Jamás fuimos sancionado por eso, ni oímos comentario alguno. Recuerdo sí que el Teniente quemó ejemplares de la revista Humor en la salamandra de la carpa central; yo aproveché un momento de descuido y quemé todos los ejemplares de una revista pedorra que editaba el ejército para los soldados en la misma salamandra.(...)”

Fragmento de una carta fechada el 14 de Junio de 1982.

“(...)Me enteré de que en las Malvinas están negociando con los ingleses, espero que esta guerra termine pronto.”

14 de Junio de 1982.
“Hoy ha sido un día particularmente triste, cuando nos fuimos a bañar nos dijeron que se había dicho por radio que Menéndez, el gobernador militar en las Malvinas, estaba en tratativas con el Comandante en Jefe de las fuerzas inglesas para tratar la rendición. Bueno, un toco de tipos muertos al pedo. ¿Cómo será el país que nos esperará al cabo de esto?¿Eh?.”

15 de Junio de 1982.

“(...) nos parece que todo esto fue una terrible y trágica payasada. La verdad es que no sé qué pensar, el tiempo dirá como fueron las cosas realmente y si de algo sirvió que tanta gente muriera. En este momento siento que fueron muertes en vano, el tiempo dirá, aunque no consolará a las madres de los pibes que quedaron allá. (...)”


“(...)No recuerdo con exactitud de la fecha pero después del veinte de Junio desembarcaron en Puerto Santa Cruz pibes que habían estado en Malvinas. Queríamos saber qué habían pasado pero no nos animábamos a preguntarles. Yo me limité a escuchar a Colman, un pibe que había estado en nuestro escuadrón y que luego tuvo la mala leche de que lo transfirieran al escuadrón comando, ahí habían formado un grupito de defensa antiaérea con misiles portátiles tierra-aire Bluepipe y lo habían mandado a las islas. Nos contó que los misiles no habían servido para un carajo y que había andado como bola sin manija hasta que lo metieron de camillero. Qué había visto pibes volar en pedazos y se había aterrorizado con el avance de los gurkhas. Mantenía el mismo tono bajito y pausado que le conocíamos para hablar, pero el miedo no se la había ido de los ojos.(...)”

22 de Junio de 1982.

“(...)Por ahora nada más, salvo que tengo muchísimas ganas de escribir y de meditar profundamente pero no encuentro el momento propicio para hacerlo. (...)”

24 de Junio de 1982.

“Creciendo a la vuelta
de una esquina
de flores futuras,
ahí está nuestro lugar.


25 de Junio de 1982.

“A pocos minutos de la madrugada del 25 escribo estas líneas en un avión de la Fuerza Aérea que me lleva de regreso (...)”

“(...) supongo que nunca termina cuando pensás que termina. Hasta ahora más de trescientos excombatientes se suicidaron y en Gran Bretaña otro tanto. No estuve en combate, sólo pasé frío y estuve un año y media soñando con la guerra, y, lo que es peor, algunas veces añoro esos días... jamás volví a sentir el sentimiento de solidaridad y compañerismo que viví con esos pibes a los que desde el ‘84 no veo(...)”

Hace poco más de veinte años que la guerra de Malvinas concluyó, o al menos los sucesos bélicos. No sé en cuántos hombres que ya han pasado los cuarenta sigue desarrollándose, para mí ha sido y es una marca ígnea que reclama respeto y atención.
Mucho se ha escrito y, con seguridad, mucho se va a escribir sobre el tema; espero que valga, entonces, este modesto aporte que intenté desde el esbozo autobiográfico para enfocar otro aspecto.
Julio C. Páez


Escribí este texto en 2004 alentado por la poeta Patricia Damiano que tuvo la deferencia de publicarlo en su sitio de internet y se tomó la molestia de editarlo. Transcribí fidedignamente lo vivido y escrito por el joven soldado que fui entre Abril y Junio de 1982, el episodio del desembarco de buzos tácticos en Caleta Olivia y el avistamiento de dos submarinos ingleses (anotación correspondiente al 29 de Abril de 1982) era una información que no había sido confirmado por otra fuente... hasta hoy, 17 de Junio de 2007, cuando el matutino Clarín ha publicado en su sección El país, páginas 22 y 23, un artículo que titula: Malvinas Submarinos ingleses y misiones secretas en Santa Cruz , confrontar en
http://www.clarin.com
Una buena demostración de que la historia está en construcción permanente.