viernes, 18 de enero de 2008

X. en la Patagonia texto de Julio Páez-Segunda parte.


Los días de Mayo.

"4 de Mayo de 1982.
Camino a Santa Cruz, puerto de. Haciendo guardia en la torre de un tanque."

Fragmento de una carta fechada en Puerto Santa Cruz el 8 de Mayo: "(...)Estamos en el regimiento de caballería de tanques 11, es muy cómodo, dormimos en un tinglado de tanques calefaccionado, se duerme muy bien, salvo cuando tenemos guardia en el campo a unos kilómetros del regimiento.
Hay un puesto de observación aérea arriba de un cerro, no saben lo que es subir eso, de todos modos la vista desde arriba es fantástica. Parece una pintura.
Subí ayer con una lluvia de la san puta, me mojé todo, cuando llegué a la cumbre la nube había cubierto todo, estaba en medio de la nube! Hacia arriba no se veía nada y hacia abajo, menos, era al pedo la observación aérea, pero (...)"

"(...) No sabíamos con claridad lo que estaba pasando. Circulaban montones de rumores. De todos modos, en las formaciones de la mañana, el jefe de regimiento comentaba las novedades con los jefes de escuadrón y algunos suboficiales las pasaban, por eso supimos pronto que los bombardeos a Puerto Argentino no eran tan inofensivos como decían los comunicados del Estado Mayor Conjunto.
La primera sección continuaba separada del resto del escuadrón lo que hizo que se creara una microsociedad en la que rápidamente se hicieron evidentes los conflictos, las alianzas enfrentadas y una violencia contenida que aún hoy, en el recuerdo, me extraña.
Nuestro jefe de sección era el teniente Canaves, que intentaba mostrar una imagen de severidad y corrección militar que chocaba notablemente con el carácter, la actitud y la difusa ideología de los soldados bajo su mando. Una anécdota breve puede describirlo con bastante claridad: el tipo nos obligaba a hacer ejercicios de orden cerrado-esas boludeces de saludo uno, saludo dos, marche, etc- en medio de la planicie patagónico cuando los ingleses ya habían desembarcado en las islas. Caño, o sea el soldado clase ´62 Guarino, le comentó que ese ejercicio era inútil. Canaves lo miró con suficiencia y le respondió algo así como "sepa, soldado que los ejércitos alemanes en plena guerra mundial seguían haciendo ejercicios de orden cerrado". Caño le respondió "Así les fue".
Los enfrentamientos empezaron en forma inmediata, creo que el primero ocurrió no bien llegamos a Puerto Santa Cruz, a principios de Mayo: Habíamos dispuesto los tanques en un valle perpendicular a la rada y Canaves había decidido que debíamos vigilar el lugar haciendo guardia en la cima de un cerro divididos en grupos de cuatro. Así que subimos hasta la cima y nos pusimos hacer un pozo de zorro donde tres pudieran dormir lo más cómodamente posible mientras el cuarto vigilaba.
Habíamos terminado ya casi el trabajo cuando llegó un pibe y nos dijo que Canaves había cambiado de idea y que en el puesto de guardia sólo permanecerían dos, los otros dos caminarían desde la guardia central para relevarlos. Eso significaba que deberíamos caminar ascendiendo o descendiendo del cerro unos seiscientos metros a las dos de la mañana con temperaturas de unos cuantos grados bajo cero, ya fuera que asumiéramos la guardia o nos hubieran relevado.
¿Por qué? preguntamos, el pibe dijo que Canaves le había dicho al Sargento Ojeda, el encargado de sección, que si nos apostábamos los cuatro juntos era probable que no respetáramos la disciplina y termináramos durmiendo todos.
La contradicción enfureció a mis compañeros-los tres habían sido dados de baja y reincorporados luego del 2 de Abril- y cuando vieron a Canaves caminando por el valle allá abajo lo reputearon a los gritos, el tipo se hizo el boludo pero después de un rato se acerco a nosotros y preguntó ¿Ustedes fueron los que gritaron? Sí, fuimos nosotros, le respondimos. Nos miró durante unos segundos y dijo con voz que intentó firme algo así como no era correcto dirigirse a un superior de esa forma, dio media vuelta y se fue.
Nos quedamos en silencio, midiendo las consecuencias de lo que había ocurrido, habíamos cometido una falta grave y nada había ocurrido, creo que a partir de entonces empezamos a ser conscientes de que parte del poder estaba de nuestro lado. “

Fragmento de una carta fechada el 15 de Mayo.

"(...) Acá te digo que esto se torna cualquier cosa... como por ejemplo hoy. El cabo de guardia en un mítico pedo... los soldados llevándose vino al puesto de guardia. (...)"

" (...)El alcohol era la salida más frecuentada, a una situación que se hacía más y más opresiva. Luego del desembarco en el estrecho de San Carlos fue claro que la guerra se perdería más o menos rápido, lo que nos puso en una situación compleja. Queríamos que la guerra terminara, éramos derrotistas, pero al mismo tiempo no queríamos que los pibes que ya habían muerto, lo hubieron hecho inútilmente. Es difícil de entender, lo sé, pero admitir que esas muertes no habían servido para nada era asumir que también nosotros éramos material descartable. Y entonces, para ejemplificar, de nuevo aparece Canaves.
Una noche de luna llena estaba haciendo guardia en la cima del cerro que te mencioné antes, tenía una radio portátil y mientras caminaba de un lado al otro intentando no recagarme de frío escuché un comunicado del Estado Mayor Conjunto que informaba que las tropas argentinas seguían resistiendo en Ganso Verde aunque imposibilitadas de recibir refuerzos o asistencia. Casi rompo la radio contra una piedra pero no era mía así que la apagué y la guardé en un bolsillo, al rato cayó Canaves y le pregunté si consideraba que la guerra aún se podía ganar. Me contestó, lo recuerdo con claridad y furia, "Vea, es como si a usted lo subieran a pelear con Cassius Clay, por ahi tiene suerte y le mete una buena piña al negro(...)".

"23 de Mayo de 1982
... ahora, a riesgo de que mis manos sean congeladas por el helado viento afirmo que soy testigo de un hermoso crepúsculo y experimento una angustia destrozante la que describiendo atenúo momentáneamente..."

"(...) todos buscábamos algún método para resistir, ya hablé del alcohol, pero también estaba el juego-feroces partidas de siete y medio-, las putas del pueblo, pero fundamentalmente la solidaridad y un sentido del humor bastante jodido. Compartíamos todo lo que nos llegaba: ropa, comida, cigarrillos, libros, todo. Una tarde nos comimos un kilo de dulce de leche a cucharadas entre cinco en menos de diez minutos... había diferencias entre nosotros, claro, pero creo que el creciente odio hacia Canaves canalizaba gran parte de nuestra agresividad.
La guerra era una presencia difusa y constante que de vez en cuando avanzaba en el cuadro; una mañana fuimos con los tanques hasta el puerto porque necesitábamos una superficie rígida y plana para tensar las orugas y vimos una lancha patrullera de la prefectura que parecía tener el casco cubierto de manchas de óxido, cuando nos acercamos vimos que eran agujeros y que parte de la borda aparecía retorcida y quemada. Había tenido un encuentro cercano con un helicóptero Sea King.
Una noche estaba durmiendo solo en nuestra casita del valle-un cuadrado excavado en el lecho de un riacho seco, tapizado con paños de carpa y colchones y techado con paños de carpa y ponchos impermeables.-y me despertó el sonido de detonaciones distantes, me levanté y salí. Hacia el Noreste se veían líneas de un anaranjado fosforescente que buscaban las luces de un avión que se alejaba, me quedé mirando hasta que las líneas se extinguieron, por la mañana el suboficial de guardia me dijo que las baterías antiaéreas habían disparado sobre un avión de Aerolíneas Argentinas que no se había identificado a tiempo.
Fue más o menos por esa época que se nos prohibió prender fuego en las guardias porque el fuego podía permitir la localización de los tanques mediante observación satelital, porque los satélites-según se nos dijo- estaban preparados para detectar fuentes lumínicas y de calor; pero al mismo tiempo, regularmente, poníamos en marcha durante una hora los motores de los tanques. Todo era tan absurdo que cada tanto posábamos inmóviles mirando al cielo para salir bien en la foto.(...)”

Fragmento de una carta fechada el 24 de Mayo de 1982.

“(...) Ante todo debo aclararles que estoy bien de salud, aunque recontraembolado de estar acá (...)”.

“(...) el hastío era insoportable, aumentaba con el paso de los días y nos embrutecía inexorablemente. Me acuerdo de que un jueves a la tarde habíamos salido de franco luego de un día de guardia y otro de control de ruta, y caminábamos hacia la hostería del Automóvil Club para tomar algo fuerte. Cuando estábamos a media cuadra nos sobresaltó una frenada, un golpe y un aullido. Vimos un cachorro de ovejero alemán tirado delante de un Falcon. Un hombre saliendo corriendo de un negocio gritando: Mi perro, mi perro. Llegó hasta el perrito y lo levantó con mucho cuidado.
Seguimos caminando en silencio, Caño dijo: “Es raro... yo antes hubiera ido corriendo a ayudar al perrito... es una boludez, pero me siento endurecido, como si no me importara nada”. Le dije que me pasaba lo mismo. (...)”

1 comentario:

azpeitia dijo...

Bello relato de la estupidez de los hombres, que sometemos nuestras vidas y destinos, no a los azares que la propia vida nos depara, sino a los designios de unos inútiles, desgraciados y corruptos políticos que juegan al ajedrez sin saber enrocarse, con la vida de los hombres y las mujeres que caen en sus manos...esto tendrás su fin, ya lo verás amigo...te felicito por tu relato, está lleno de sencillez y humanidad...un abrazo desde azpeitia