martes, 22 de enero de 2008

Un encuentro. -cuento.

A pesar de mi acendrado agnosticismo, o precisamente por eso, suelenacercarse a mi mesa mujeres que no están, o que ya han estado, o quedesearía que estuvieran. Espectros, bah. Claro que no siempre tienenla misma forma de desmentir su ausencia: la morocha de ayer, porejemplo. Se sentó a mi mesa cuando hacía un ratito que habíaanochecido y el viento del sudeste se empeñaba en limpiar el vidriocon una llovizna que supuse gélida y constante. No me di cuenta de supresencia (de la morocha, digo, que no de la llovizna)hasta que elmozo se acercó, dispuso dos copas pequeñas sobre la mesa, las llenócon un liquido verde que sirvió desde una botella polvorienta ycomentó, juicioso y correcto-Nunca pensé que alguien volviera a pedireste matarratas -me miró compasivo y acusador y se fue.-Ajenjo -dijo la morocha.-Las hadas verdes y así... -dije en plan erudito y perdonavidas.La morocha me miró condescendiente, sonrió y bebió un largo trago.Tomé la copa y bebí.Los ojos de la mujer se iluminaron con un fuego frío y verde.No sé si fue el efecto del menjunje, pero juro que antes dedesvanecerse me sonrió con una sonrisa de incisivos notables.Pedí otra vuelta pero no conseguí invocarla, supongo que no le agradóel ambiente (o al menos me gustó pensar eso).

1 comentario:

azpeitia dijo...

Las morochas como tú les llamas, son así, están contigo, un momento, unos días, unos años, pero después se van, se pierden aunque las invoques al mismísimo Belcebú...alzo la copa contigo,,,aunque sea de aguardiente peleón y áspero...un abrazo...escribe...escribe..todo debe quedar escrito...un abrazo de azpeitia