jueves, 3 de enero de 2008

El adivino improbable. Cuento.

El hombre limpió el puñal entre las ropas de la víctima y comentó con tranquilidad a los presentes “No hubo nada personal en esta muerte, fue nomás un acto de justicia”. Nos recorrió con mirada tranquila, guardó el cuchillo, dio media vuelta y salió. Pude escucharlo montar y al tranco nomás de su caballo, alejarse. Yo no debiera haber estado ahí esa tarde de otoño, me lo prohibían mis dieciséis años y la amenaza de un severo castigo paterno, pero estaba. Y aunque sabía por qué no me animaba a confesármelo con plenitud: había algo en los pechos de la hija del dueño del boliche que se me antojaba imprescindible. Salí rápidamente del lugar tratando de borrar mi errónea presencia, preguntándome si algo tan brutal como lo que había visto efectivamente pudiera ser un acto de justicia.

Pasaron unos días y todo pareció volver al cauce que era natural, hasta que un mediodía cuando volvía del campo la abuela me tiró no bien entré en la cocina “¿Sabía mi hijo que lo dijuntiaron al brujo Antúnez la semana pasada en el boliche?” Intenté fingir ignorancia pero perdí la fe con ligereza y admití que había presenciado el hecho.

-Esté donde no tiene que estar y verá lo que no tiene que ver -sentenció mi abuela implacable, pero luego, asumiendo la comprensión que me la hacía tan querida dijo “No se preocupe, m’hijo, nadie se enterará por mí que usté estaba en ese lugar y vio ese crimen.”

-El hombre dijo que era un acto de justicia.

-¿Y usté qué piensa?

-Yo le creí.

La abuela bajó la mirada y suspiró con tristeza; luego, como si las fuerzas le faltaran, se sentó en una silla.

-Usté conoce la historia –sentencié-.

Han pasado más de cincuenta años y aún recuerdo el tono de su voz, sus énfasis, pero no sus exactas palabras; muchos libros, discusiones, alcoholes y tabacos han pasado desde entonces y me han opacado el recuerdo. Y ahora, en el estudio silencioso donde me he convertido en otro -como forzosamente le ocurre a todo hombre- trato, imperfectamente, de poner por escrito la historia.
La línea de la frontera apenas si estaba trazada en la década de 1860, y la miseria de los hombres que tenían que mantenerla no contribuía a que su trazo se hiciera más firme, en un fortín entre tantos, transcurre el asunto. El comandante era un sobreviviente de la guerra de la independencia y de un par de guerras civiles, pero el peligro y la falta de mujer -por nombrar algunas justificaciones- lo habían hecho nervioso e inseguro. Fue entonces cuando desde el desierto, escapado de las tolderías, según dijo, apareció Antúnez; era apenas una ruina: sucio, flaco y vestido con harapos apenas reconocibles como ropa de cristiano. Casi inmediatamente se ganó la confianza del comandante y la tropa, sabía de ungüentos que preparaba con hierbas para todo tipo de dolencia y era hábil para curar heridas, bolear ñandúes y cocinar lo poco que se conseguía. Oblicuamente, con palabras sesgadas comenzó a sugerir otras habilidades: predecir el futuro, por ejemplo. Aconsejó acertadamente al comandante sobre las acciones ante un par de ataques de los pampas, que fueron eficazmente rechazados y lenta pero constantemente comenzó a ejercer una autoridad que nadie le había otorgado. La cobardía trabajaba insidiosamente al comandante y bebía las palabras de Antúnez con alivio. Un día le sugirió que el teniente Oliva era un peligro para la supervivencia del fortín, y el comandante lo mandó con un par de soldados a hacer una batida que, previsiblemente les produjo la prisión o la muerte a manos de los indios. Otro mandó al sargento Benítez a constatar la línea con el fortín más próximo cuando una tormenta se acercaba. Y así la tropa fue quedando sin mandos y ganada por el temor y la desconfianza. Entonces se produjo el tercer ataque pampa, feroz y masivo, y a pesar de los Remington, las bayonetas y los sables, el fortín fue arrasado. Hubo sólo un sobreviviente, o eso al menos pensó Antúnez mientras cabalgaba junto al capitanejo pampa vaciando con ganas un porrón de ginebra celebratorio. Supo que se había equivocado una tarde de otoño en un boliche, supo también entonces que era inexacta su actitud para predecir el futuro, al menos el propio.

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