jueves, 10 de enero de 2008

Baqueano-novela-fragmento.

Echauri conducía por una calle de las afueras, se sentía un poco mejor desde que había leído los titulares de los periódicos de la mañana informando sobre: " ...las sospechas que se cernían sobre la presentación del asesino serial ante los tribunales". Había efectuado el paso co­rrec­to dándo­le a Ariel la información, ignoraba si la deci­sión de hacerla pública había sido decisión del muchacho o si el individuo que solían identificar como el ilumi­nado había tenido alguna participación en el asunto. De todas formas no le importaba, consideraba que era saludable que todos se enteraran cómo se estaban manejando las cosas en Villarrica en los últimos tiempos.
Quizá esa distensión fue la que le impidió percibir que un auto deportivo lo estaba siguiendo desde que había salido del departamento de policía. Llegó a un semáforo que estaba en rojo y detuvo su marcha, un vendedor de rosas se acercó a su puerta, pero cuando lo reconoció desistió de ofrecerle su mercadería y lo saludó con una inclinación de cabeza. Sabía que los días de compra del comisario siempre se ubicaban a principio de mes, cuando cobraba su sueldo. El auto deportivo se puso a la par del suyo, entonces vio el fogonazo, casi inmediatamente sintió la quemadura en el hombro izquierdo y oyó la explosión del disparo. El semáforo había cambiado a verde, instintivamente Echauri puso primera a pesar del dolor en el hombro izquierdo y pisó el acelerador a fondo. El auto se puso en marcha con un chirriar de neumáticos y la brusque­dad de la aceleración lo tiró hacia atrás. Sacó la pistola de la sobaquera, el auto se bandeó violentamente y rozó el cordón. El coche deportivo ya estaba de nuevo a la par, esta vez Echauri no dudó y dispa­ró un par de veces sin apuntar. El conductor del auto depor­tivo murió instan­táneamen­te, su pie pareció clavarse en el acelerador y su cuerpo se incli­nó sobre el volante. El choque fue violentísi­mo, Echauri oyó el ruido del metal macha­cando metal y la explosión de un neumáti­co, el auto de los atacantes arrastró al suyo contra la vereda y juntos arrolla­ron un refugio de pasajeros. Echauri sintió que el tiempo se alargaba indefini­damente mientras veía como los autos arras­traban el refugio contra la pared de una casa, cuando el golpe contra la pared detuvo la marcha, fue sacudido violen­tamente y temió perder la conciencia. Se mordió los labios con fuerza y consi­guió mantenerse lúcido. Se arrancó el cinturón de seguridad y comenzó a patear la puerta derecha para poder salir, el olor a nafta era intenso y temió que se produjera un incendio. Fue lo último que pensó, la bala le destrozó el cerebro y arrojó su cabeza contra el parabri­sas. El segundo hombre del auto depor­tivo había cargado su pistola con balas explosivas, sabía que su blanco era un tipo difícil, todos en inteligencia interna conocían a Echauri, sabían que era un tipo duro y era alta­mente improbable que diera oportunidad para más de un disparo.
Luego del choque el hombre había salido desde el asiento trasero del auto deportivo y había corrido hacia la luneta del auto de su objetivo, desde allí había disparado; cuando vió el cuerpo del comisa­rio caer hacia adelante supo que su tarea había sido realizada. Se sintió vacío y asquea­do, corrió hacia una calle lateral para mezclar­se con la gente y evitar cualquier posible identificación. Ya a salvo, mezclado entre la multitud de la peatonal, no pudo evitar preguntarse hacía dónde conducía todo eso. Se acercó a un teléfono público, sacó una moneda del bolsillo delantero del su pantalón, la puso en el aparato y discó un número de tres dígitos, cuando oyó que su llamada era atendida dijo:"El pavo está listo".

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