viernes, 4 de enero de 2008

Auge estacional-cuento.

Cuando Fornelli fue trasladado a la Capital sintió que comenzaba una etapa ascendente que lo ubicaría en el exacto lugar que creía merecer. Se sabía poseedor de la formación técnica necesaria para destacarse en la Policía Criminal (había sido el primero de su clase) y su aspecto físico era el adecuado (un punto nada despreciable para los tiempos que corrían). Con esa finalidad no había dudado en someterse a una dura disciplina de ejercicio y a gastar la mayor parte de sus recursos (que no eran excesivos) en la vestimenta que consideraba adecuada.
La Capital lo deslumbró: la magnitud de sus edificios, la amplitud y limpieza de sus calles, la elegancia de los hombres y mujeres, y hasta la calidad de los veloces automóviles que raramente podían verse en su ciudad natal. Todo parecía dispuesto para que él desarrollara una brillante carrera que lo llevaría a las anheladas instancias de poder.
Intentó no desilusionarse cuando accedió a la oficina a la que había sido designado: un lugar más bien sombrío, con máquinas de escribir de mediados de siglo y escritorios de madera oscura recargados de papeles desordenados. Lo recibió un hombre alto, con una panza prominente, rostro colorado y unos diminutos anteojos en la punta de la nariz; su ropa no contribuía a mejorar su aspecto: la camisa blanca estaba arrugada y no parecía muy limpia, la corbata colgaba a un lado con un nudo que alguna vez había sido triangular y negro. Fornelli admitió con estoica resignación que aquel individuo era su jefe, el Comisario Inspector Gutiérrez, y que otros dos individuos no menos desaliñados eran sus compañeros de sección. Su primera asignación fue clasificar los expedientes que había advertido como papeles desordenados sobre los escritorios, su sentido de disciplina era fuerte, de modo que limpió una silla con su pañuelo y se dispuso a trabajar. Por la tarde, Gutiérrez atendió un llamado telefónico y le dijo -Vení, pibe, esto te va servir.
Salieron a la calle y abordaron un coche negro sin patente de aspecto afín a la oficina. Gutiérrez manejaba con indolencia sin señalizar sus maniobras y apenas despegando el pie del acelerador en las esquinas; Fornelli se descubrió con la mano derecha apoyada con fuerza sobre el tablero. -No te asustés, pibe, hace años que manejo y nunca tuve un accidente, bueno, algún rayón o bollito pero claro, nada grave.
-¿A dónde vamos? -se animó a preguntar Fornelli.
-Un caso de suicidio.
Fornelli se contuvo para no preguntar cómo podía hacer una afirmación tan rotunda cuando aún no había llegado al lugar del hecho, Gutiérrez le dirigió una mirada interrogante y silenciosa. Accedieron a una calle de casas bajas y árboles prolijamente recortados; frente a una de las casas estaba estacionado un patrullero y un poco más allá un grupo de mujeres y algunos chicos. Gutiérrez estacionó junto al patrullero y los dos bajaron; los dos policías de uniforme saludaron al comisario y uno los condujo hacia el interior de la casa. Ingresaron a un living de clase media con algunos sillones, biblioteca, equipo de audio, televisor, videocasetera y reproducciones de arte abstracto en las paredes. -No está nada mal -comentó Gutiérrez deteniéndose frente a uno de los cuadros. Luego volviéndose hacia el patrullero preguntó -¿La occisa vivía sola?
-Eso me dijeron los vecinos, parece que era una chica del interior que estudiaba Derecho y alquilaba esta casa desde hace un año más o menos -explicó el policía consultando una libreta.
-¿Cómo era su vida social?
-Bastante solitaria según las vecinas.
-Claro -admitió Gutiérrez-. Bueno, veamos el cuerpo, el forense está por llegar...
Fornelli siguió a su superior preguntándose qué había querido decir con su admisión de claridad. Entraron a un dormitorio e inmediatamente la vieron.
-Uf -dijo Gutiérrez y Fornelli no pudo evitar sentir simpatía ante la conmoción de su superior. La chica estaba desnuda echada sobre la cama definitivamente, era delgada, de pechos amplios y piernas largas, su sexo apenas entreabierto estaba rodeado de vello rubio; Fornelli pensó que tranquilamente podía ser el desplegable central de cualquier revista para hombres, claro, si uno evitaba fotografiar el cráneo destrozado por el disparo y la mano derecha crispada sobre el revólver.
-¿Qué opina, Fornelli? -preguntó Gutiérrez.
Fornelli caminó alrededor del cadáver y luego se fijó en el mobiliario, en su disposición y estado. Dijo -No hay signos de violencia, no parece que faltara ningún objeto de valor... no tengo indicios para suponer que no sea un suicidio, supongo que de todos modos habrá que esperar por los exámenes que corresponden...
-Claro, claro. ¿Y qué opina?
-Ya le dije.
-No, no me ha entendido, ¿qué opina?, deje de lado al policía por un momento...
-Un desperdicio, no tiene sentido.
Gutiérrez sonrió, le puso una mano sobre el hombro y le dijo -Vamos, ya fue suficiente.
En la calle, Fornelli preguntó -¿Por qué supuso que era un suicidio antes de ver el cuerpo?
-¿Ha visto usted las últimas estadísticas?
-Sí, claro.
-¿Nuestras estadísticas?
-Las oficiales.
-No, muchacho, ahora cuando regresemos vea las nuestras.
Volvieron al despacho y Gutiérrez le entregó las estadísticas. Los resultados eran impresionantes, los suicidios de adolescentes y jóvenes eran una plaga que asolaba la Capital con constancia y dedicación.
-Dicen que es un desequilibrio estacional -explicó Gutiérrez cuando percibió sorpresa y alarma en el rostro de su subordinado.
-¿Y cuánto dura?
-Tres años y medio...
-Una estación larga.
-El clima está cambiando…
Tornelli comenzó a sospechar que su carrera no iba a ser tan rauda como había estimado.

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