martes, 23 de diciembre de 2008

Sublimaciones II.

Más allá del páramo
y las sombras temidas,
con la perversa inocencia
de los elegidos
habitás el momento.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Sublimaciones I.

1.Esa música,¿la ignorás?,
no es para mí
un fuego esquivo.

2.Entonces impugné
la avaricia del futuro
fue una apuesta certera,
estabas.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Persisten...

La ausencia:
no estoy donde están
soy un fuego fatuo
o meramente soy,
no me salva
la ironía
(Los dioses
persisten)...

sábado, 18 de octubre de 2008

Canciones leves

Canciones de Julio C. Páez interpretadas por Maelstromx1 en mp3 que se pueden bajar gratuitamente.

lunes, 23 de junio de 2008

Spandau, poema ahora es música o más o menos

que podés escuchar gratuitamente en ese lugar http://www.esnips.com/web/Spandau

domingo, 16 de marzo de 2008

Otros apuntes 4.

Cuando sólo
queda el ritual
es que ya
formás parte
de un posible pasado.

martes, 12 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento-quinta parte.

Charlie
Después del llamado de Sofía fue incapaz de concentrarse en el
trabajo, le pidió disculpas a la clienta y le dijo que se sentía un
poco mareado, luego llamó a Rober para que terminara. Caminó hasta
la oficina, cerró la puerta, se sentó en el sillón y puso los pies
sobre el escritorio. Estaba tenso. Se debatió unos segundos con la
tentación de encender un cigarrillo y al cabo lo encendió. Mientras
exhalaba la primera bocanada admitió que estaba nervioso, más que
nervioso asustado.
Sí, estoy asustado, ¿y qué?, tengo motivos para estarlo. Si la
operación sale mal nos vamos a la mierda. No sé para qué me metí en
esto, aún cuando consigamos el tótem queda ver si somos capaces de
utilizarlo. Mejor la llamo a Sofía y le digo que suspenda todo. No.
Mejor no. Sólo la pondría más nerviosa, además los pibes tienen el
celular apagado. ¿Y si me voy para allá?, sí, es lo mejor, le hago
compañía y evito que haga cualquier cagada.
Se puso una campera, salió de la oficina, saludó a los clientes que
esperaban y se detuvo frente al escritorio de la recepción. Lucía lo
miró sorprendida y su expresión se acentuó cuando le dijo que tenía
que salir y que era probable que no volviera hasta el día siguiente;
intentó tranquilizarla explicándole que era algo urgente pero no
grave y salió.
Luego de abrir la puerta del auto y antes de sentarse frente al
volante dirigió su vista hacia el frente del local y lo admiró con
orgullo: era la mejor peluquería de Quilmes, la más fashion, y lo más
importante es que era suya. ¿Quién hubiera sospechado que llegaría
hasta allí cuando debía soportar las burlas de sus pares en la
escuela o en el club por la delicadeza de sus modales y su dicción?
Seguramente la mayoría de sus verdugos estaban desocupados o
trabajando doce horas por un sueldo miserable. Era un pensamiento
repulsivo y trataba de evitarlo, pero de vez en cuando lo consideraba
eficaz para evaluar adecuadamente sus logros.
Se sentó, encendió el motor y puso primera.

domingo, 10 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-Cuento-Cuarta parte.

Oscar.

Bajó del colectivo una cuadra antes de la esquina que le había indicado Francisco, una costumbre que ejercía siempre que se dirigía a un lugar desconocido. Lo impulsaba la necesidad de reconocimiento del ámbito en el que debía situarse, necesidad que experimentaba desde su adolescencia y que durante bastante tiempo lo había avergonzado. Pero, desde que se había asumido como un militante revolucionario, se enorgullecía de esa inconsciente y precoz disposición para adoptar medidas de seguridad.
Había dejado de llover y la luz rojiza del sol crepuscular aparecía de vez en cuando entre las nubes grises que arrastraba el viento sudoeste hacia el río. Se levantó el cuello de la campera y apuró el paso: caminaba por una avenida que seguía hacia el sur, la circulación de vehículos era abundante; a la izquierda aparecía un barrio de chalets de clase media con pretensiones (que parecían haber quedado truncas), a la derecha; del otro lado, una estación de servicio que ofrecía los productos, accesorios y actividades que la clase dominante considera imprescindibles para sus automóviles.
Lo alegró reconocer el lugar de la cita ( por unos segundos había temido que fuera el veinticuatro horas de la estación de servicio). En la esquina, mientras esperaba que el semáforo le diera paso, lo observó: un carro de chapas de aluminio que funcionaba como expendio de choripanes situado en la ochava delante del tendido de alambre tejido que delimitaba el terreno de una fábrica abandonada.
Francisco pensó, viéndolo de espalda sentado en una banqueta, siempre fue un tipo puntual. ¿Bastaba ese rasgo para concluir que seguía siendo el mismo?, ¿seguiría teniendo la firmeza que había demostrado en las marchas, huelgas y denuncias?
Cruzó la calle y lo llamó, Francisco se dio vuelta, sonrió y se levantó para saludarlo. Se estrecharon las manos con fuerza y vio el cansancio en la mirada y en la sonrisa deslucida, como si se estuviera alejándose con un desplazamiento inexorable y fatal.
Será difícil, está quebrado, el sistema es implacable en la demolición y recordó a la pendeja tirada desnuda en la cama, las manos envueltas en guantes de seda ofreciendo sus pechos y su sexo abierto intentando encontrar su expresión más perversa para fotografiarse y subir su imagen a internet.
Quiero ser una estrella porno y estoy trabajando, le había explicado cuando lo había recibido desnuda y lo había hecho pasar al estudio para seguir fotografiándose. Con seguridad, sin vergüenza alguna. No debía tener mucho más de dieciocho años, si es que los tenía, y lo había hecho sentir como un imbécil.
No será fácil se dijo antes de aceptar el cognac que le ofreció Francisco, pero para algo estaba ahí y tenía experiencia en el trabajo que se proponía.
“Vos sos un cuadro, siempre lo fuiste... no, no te hagás el boludo... ¿ves?, te estás evadiendo de nuevo... siempre lo supe, pero ahora tengo la obligación de decírtelo, no podés quedarte al margen, tarde o temprano te vas a dar cuenta de que te estás desperdiciando... sí, estoy seguro...vos ahora te cagás de risa, me boludeás pero sabés que tengo razón... estamos en medio de una situación fluctuante que... no, no me jodás con lo de prerrevolucionaria... no, pero si sabemos aprovecharla nos ofrece una gran oportunidad de crecimiento... están dadas las condiciones para que la clase obrera vea el capitalismo con claridad y forje una alianza con los sectores de desocupados movilizados... es una etapa propicia además para denunciar el fraude que ha sido históricamente el peronismo como supuesto representante de sus intereses... por fin después de tanto tiempo se ven las limitaciones evidentes de los partidos burgueses para cargarse de algún tipo de representación popular... la pauperización de la clase media también contribuye a demostrar la imposibilidad del desarrollo de su proyecto individualista ya no de ascenso social, sino meramente de supervivencia... claro que hay sectores que giran a la derecha o directamente a un fascismo que no se anima a ser explícito... pero mirá lo que paso con Blumberg, duró lo que un pedo en el viento, toda opción por derecha es cooptada por el sistema, en ese sentido es maravilloso el cinismo amorfo del peronismo, disuelve y aplasta cualquier planteo alternativo...no, no el nuestro, porque tenemos un proyecto claro y distinto, como diría el buen viejo Descartes... no, no es solamente que el partido te necesite a vos, vos, aunque no lo sepas, necesitás al partido... te estás desperdiciando y no es que me ponga místico pero algún día vas a pagar por desperdiciar tus dones... nadie te lo va a reclamar pero no podés seguir evadiéndote para siempre... sí, la minita, ¿por qué me preguntás?... la pendeja es una víctima... eso no tiene nada que ver... es preciosa... no, eso es una falacia, ella no es libre... sí, ya sé en la villa ya hubiera cogido con el primero que la hubiera calentado un poco y ya tendría un par de pibes, sí, ya sé, ya sé... vos querés creer que le estás dando una libertad que no tiene... no, no te pongás en cínico... no, sí, vos tenés la autoridad moral... vos estuviste donde fue necesario estar, por eso... sí, tal vez no fueron los mejores resultados pero ¿desde cuándo una acción política se mide por los resultados inmediatos?... no, viejo, eso es estalinismo, no jodás... está bien, sí, tal vez perdí algo de humor pero…”

sábado, 9 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento-tercera parte.

Sofía.

No tendría que estar acá, se dijo mientras vertía edulcorante en el cortado, pero no puedo dejar de controlar todo. ¿Sabrán hacer el trabajo esos infelices? Las instrucciones fueron claras pero no sé si serán capaces de seguirlas. De todos modos no teníamos opciones, ni Charlie ni yo ponemos exponernos abiertamente.
Sacó los cigarrillos de la cartera y encendió uno, a través del vidrio vio el puesto miserable donde se desarrollaría la acción: había un morocho solitario sentado en una de las banquetas, fumando y bebiendo, pensativo. Miró el reloj, las seis y veinte. Temprano. Bebió un sorbo del cortado, no estaba mal para un veinticuatro horas. Casi se lo echó encima cuando lo vio aparecer caminando hacia la esquina. Se acercó al morocho, lo saludó y se sentó junto a él. Trató de imaginar que estaban hablando por sus expresiones.
El viejo parecía nervioso y el morocho se limitaba a escucharlo y a asentir con poco más que monosílabos. Seguro que el viejo ya se dio cuenta de algo y está pidiendo ayuda.
Marcó en el celular el número de los pibes que habían contratado y no obtuvo respuesta. Seguro que estos boludos lo tienen apagado, si al menos pudiera pedir algo fuerte acá... no, tengo que pensar con claridad, mejor lo llamo a Charlie.
-¿Charlie?, sí, estoy acá... tuve que venirme, no, me parece que el viejo sospecha algo... está acá en el puestito... no, habla con un tipo morocho... no, sí... no, nada, me da la impresión de que está nervioso... llamé a los pibes y no contestaron, deben tener el celular apagado... está bien, está bien, no voy a hacer nada. Sí, me quedo acá y espero.
Cortó la comunicación y dejó el celular sobre la mesa. Tal vez se habían precipitado pero no podían depender más del viejo, algo tenían que hacer. ¿Y ahora a dónde va? Este viejo de mierda me va a volver loca, no seguro que va hasta la radio y vuelve.
Volvió a llamar a sus empleados. No hay caso, estos idiotas tienen el celular apagado. La puta que los parió. Apagó con bronca el cigarrillo en el cenicero.
Un pelirrojo pequeño vestido con una campera de jean enorme y gastada saludó al morocho y se sentó junto a él. El morocho parecía ser la figura convocante en el lugar.

Shamán.

Seguro que lo encuentro, a esta hora siempre va a tomarse un cognac con Ramón, se dijo mientras salía del templo y empezaba a caminar hacia la avenida. Tengo miedo y lo peor es no saber a qué. Puede ser cualquiera de ellos.¿Cualquiera?, no, tiene que ser alguno que haya demostrado algún tipo de iniciativa, si yo fuera brujo tendría que saberlo, pensó cínicamente. A los pibes del auto no los conozco, alguien les debe pagar, pero ¿quién?. No son muy hábiles si ni siquiera fueron capaces de violar las cerraduras, eso los hace más peligrosos, seguro que andan de caños y se dan un saque antes de salir. Quieren el tótem, lo que señala a alguien obsesivo y bastante pelotudo. Bueno, que alguien tome en serio la estatuita habla muy bien de mi capacidad de convicción se dijo complacido.
Hacía más de diez años que vivía de su trabajo y hasta el momento no había tenido mayores problemas, se manejaba con discreción y sabía dar a su voz y a sus gestos una elevada espiritualidad contenedora. A los sesenta había accedido a un nivel de vida que jamás había sospechado cuando lustraba zapatos en Constitución, intentaba el pungueo en el Once o se deslomaba doce horas en la textil de Avellaneda.
La experiencia como muchacho de la juventud sindical peronista le había abierto los ojos (tácita influencia espiritual de Lopecito), disciplinar infiltrados había sido una tarea dura pero le había demostrado el poder (¿la fuerza?) de la voluntad cuando se tiene una ideología clara . Después habían venido los milicos y las cosas se habían ido a la mierda, pero sus contactos le permitieron ejercer como custodio del civil que habían puesto como intendente.
Siempre había sido un tipo gracioso y entrador, un gran contador de chistes, un seductor nato; Mirta fue la que lo hizo consciente de todo su potencial. Lo bancó con guita y lecturas, desde el Tao Te Kin hasta la cábala, sin dejar de lado las religiones americanas precolombinas.
Cuando decidió dejarse el pelo largo y asumir sus ascendientes aborígenes, ella lo miró orgullosa y lo llamó por primera vez shamán. Terminaban los ochenta y todos parecían estar encantados con la New Age, el vudú, los rituales de purificación, el Sai Baba, el horóscopo maya, chino, el umbandismo, etc. ; tendencias que tardarían en encontrar su esplendor en los noventa cuando él estuviera perfectamente dispuesto para aprovecharlas.
Francisco estaba, como había previsto, sentado a la diminuta barra del puesto de choripán. Sin saber explicarlo confiaba en él, tal vez por su forma de escuchar y su reticencia a emitir juicio alguno sobre hechos y personas.
Lo saludó, se sentó junto a él y empezó a hablar.

viernes, 8 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-Cuento-Segunda parte.

García.

Tengo que dejar de chupar o al menos controlarlo un poco se dijo previendo que no iba a prestarse demasiada atención. Golpeó la suela del zapato derecho contra el piso y luego siguió con el izquierdo e inició un zapateo que esperó fuera sutil; el frío ponía en evidencia sus dificultades circulatorias y edad.
La pendeja se ubicó a un costado del surtidor y le fue imposible no dirigir su mirada hacia el culito carnoso apretado bajo la calza amarilla. La guacha sabía que lo calentaba y lo disfrutaba; aumentaba su placer manteniéndolo a distancia y haciéndose la estrecha. Como si él no supiera que la muy putita había parido a los dieciséis y no había tenido la decencia de casarse o al menos juntarse con el padre del crío.
No te harías tanto la difícil si me hubieras conocido antes, pensó recordando sus años de Falcon nocturno, máquina y dominio de cuerpos, almas y bienes. La nostalgia (o la limitación mental) le impidió darse cuenta de que en aquella época dorada la pendeja debatía su posibilidad de ser entre óvulos y espermatozoides.
Yo hubiera podido ser grande, carajo, grande de verdad y no terminar como un cana retirado, cagado de frío y despreciado por una putita. Por ahí tiene razón la Susi en lo que me dijo anoche, pero hay formas y formas de decirle cosas a un macho. Ya va a volver cuando extrañe la disciplina.
El auto deportivo entro veloz en la playa desde el lado de Quilmes y encaró para el veinticuatro horas, se echó hacia atrás y el auto pasó frente a él y estacionó unos metros a la derecha. Dispuesto a putear al conductor, enmudeció ante la hembra portentosa que emergió del vehículo: alta, rubia, de pechos grandes y firmes y una boca promisoria. Sólo pudo saludar con una inclinación de cabeza, la mujer le dedicó un sonrisa lateral y entró en el veinticuatro horas; quiso creer que el balanceo de caderas le había sido dedicado pero no le alcanzó la fe.

jueves, 7 de febrero de 2008

Veinticuatro horas-cuento. Primera Parte.

Zulma.

La noche temprana de invierno siempre parece tardía pensó comprendiendo la certeza de la afirmación sin necesidad de poner en palabra los fundamentos. Más tarde, cuando el interrogatorio hizo necesaria la memoria, reapareció la conclusión que nada tenía que ver con los hechos que la policía intentaba establecer, pero que de todos modos la enorgulleció y también, para ser sincera, la sorprendió.
En la noche que aún no necesitaba ser memorada, se cerró el cuello de la campera; el frío no iba a hacer más breve la extensión de su turno. Eran las reglas del juego y las aceptaba con más firmeza que resignación. Le era necesario el laburo para mantener a su hija, el padre aparecía muy de vez en cuando con algo de guita argumentando que el mercado de la cumbia villera estaba jodido por la competencia y apenas si daba para pagar el combustible de la combi, el pago de los músicos y el mantenimiento de instrumentos y equipos. De todos modos accedía a acostarse con él (cuidándose muy bien) más por necesidad y costumbre que deseo, y porque la liberaba de la culpa por desear, de vez en cuando, que terminara rico y mártir como Rodrigo.
Había tomado el turno a las seis. No le gustaba dejar sola a Daniela por la noche pero le debía un favor a Carla y le gustaba pagar sus deudas. Responsable, había llegado a las cinco y media pasadas, cuando la lluvia había cesado, un frío viento del sudoeste arrastraba jirones de nubes grises y una luz rojiza ensangrentaba el Oeste.
Mientras cruzaba la calle había mirado en dirección al carrito de chapa gris y al pizarrón borroneado por la lluvia que aún anunciaba choripán 1$, lomito 1,50$. Sentado en una de las banquetas estaba el morocho que cruzaba a comprar cigarrillos al veinticuatro horas, era amigo de Ramón, el propietario, y le encantaba. Era una sensación estúpida, se decía, pero no estaba dispuesto a evitarla.
Más tarde, cuando se encontrara sentada en una silla incómoda frente a un agente que tipeaba su testimonio con dos dedos en una máquina de escribir destartalada, se preguntaría si no había presentido no bien llegó a la estación que algo venía en la noche que empezaba.
Había cargado diez pesos de común en un Megane y se preguntaba cuánto soportaría el motor esa dieta cuando vio al hombre bajo con el largo pelo gris atado en una coleta, vestido con una campera de lana decorada con motivos geométricos aborígenes acercarse al puesto. No lo conocía personalmente pero sabía que se presentaba como brujo, tenía un programa en la FM trucha que estaba a media cuadra y un templo o consultorio a dos casas de allí. Carla lo había consultado cuando se había enganchado con un pibe de Capital y al cabo de algunos encuentros el pibe se había borrado; luego de la consulta el pibe no había vuelto pero Carla lo había reemplazado por un rubio musculoso y apasionado, de modo que la efectividad o no de los poderes del brujo era una cuestión pendiente.
El brujo se acercó al morocho, lo saludó y se sentó en una banqueta a su lado. Se preguntó qué tendrían en común los dos hombres y se sintió invadida por una sensación de tristeza; estuvo atenta a la inaudible conversación tratando de no parecer demasiado evidente hasta que fue convocada por un individuo que no tenía la menor idea de cómo manejar el compresor para inflar neumáticos.
Cuando pudo retomar la observación el morocho estaba sólo fumando con la vista perdida en el campo de enfrente y la mano izquierda cerrada sobre el pie de una copa baja llena a medias con un líquido ocre.
Más tarde se sentó junto a él un hombre bajo y pelirrojo vestido con una campera de jean que le iba grande y que parecía tener una gran necesidad de hablar; el morocho se limitaba a asentir o a sonreír mientras le daba una pitada al cigarrillo o tomaba un trago.
Llegaron varios autos y tuvo que dejar de nuevo su contemplación distante y dedicó su atención al trabajo.
Era noche cerrada cuando se produjo el suceso: recordó el terror que había sentido cuando el semi remolque del camión azul había barrido sin piedad la vereda de enfrente. Se quedó paralizada junto a un surtidor y alguien apareció en su campo visual desde la derecha. Era el negro García, el cana retirado que hacía la vigilancia. Su habitual tez trigueña se había puesto de un enfermizo tono amarillento.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Una carrera promisoria.

Cuando Fornelli fue trasladado a la Capital sintió que comenzaba unaetapa ascendente que lo ubicaría en el exacto lugar que creíamerecer. Se sabía poseedor de la formación técnica necesaria paradestacarse en la Policía Criminal (había sido el primero de su clase)y su aspecto físico era el adecuado (un punto nada despreciable paralos tiempos que corrían). Con esa finalidad no había dudado ensometerse a una dura disciplina de ejercicio y a gastar la mayorparte de sus recursos (que no eran excesivos) en la vestimenta queconsideraba adecuada. La ciudad de Malabrigo lo deslumbró (si bien intentó que no fueraevidente el goce para ocultar su condición de provinciano); lamagnitud de los edificios, la amplitud y limpieza de lass calles, laelegancia de los hombres y mujeres, y hasta la calidad de los velocesautomóviles que raramente podían verse en su ciudad natal. Todoparecía dispuesto para que él desarrollara una brillante carrera queinexorablemente lo llevaría a las anheladas instancias de poder.Intentó no desilusionarse cuando accedió a la oficina a la que habíasido designado: un lugar más bien sombrío, con máquinas de escribirde mediados del siglo XX y escritorios de madera oscura recargados depapeles desordenados. Lo recibió un hombre alto, con una panzaprominente, rostro colorado y unos diminutos anteojos en la punta dela nariz; su ropa no contribuía a mejorar su aspecto: la camisablanca estaba arrugada y no parecía muy limpia, la corbata colgaba aun lado con un nudo que alguna vez había sido triangular y negro.Fornelli admitió con estoica resignación que aquel individuo era sujefe, el Comisario Inspector Gutiérrez, y que otros dos individuos nomenos desaliñados eran sus compañeros de sección. Su primeraasignación fue clasificar los expedientes que había advertido comopapeles desordenados sobre los escritorios, su sentido de disciplinaera fuerte, de modo que limpió una silla con su pañuelo y se dispusoa trabajar. Por la tarde, Gutiérrez atendió un llamado telefónico yle dijo -Vení, pibe, esto te va servir.Salieron a la calle y abordaron un coche negro sin patente de aspectoafín a la oficina. Gutiérrez manejaba con indolencia sin señalizarsus maniobras y apenas despegando el pie del acelerador en lasesquinas; Fornelli se descubrió con la mano derecha apoyada confuerza sobre el tablero.-No te asustés, pibe, hace años que manejo y nunca tuve un accidente,bueno, algún rayón o bollito pero nada grave.-¿A dónde vamos? -se animó a preguntar Fornelli.-Un caso de suicidio. Fornelli se contuvo para no preguntar cómo podía hacer unaafirmación tan rotunda cuando aún no había llegado al lugar delhecho, Gutiérrez le dirigió una mirada interrogante y silenciosa.Accedieron a una calle de casas bajas y árboles prolijamenterecortados; frente a una de las casas estaba estacionado unpatrullero y un poco más allá un grupo de mujeres y algunos chicos.Gutiérrez estacionó junto al patrullero y los dos bajaron; lospolicías de uniforme saludaron al comisario y uno los condujo haciael interior de la casa. Ingresaron a un living de clase media conalgunos sillones, biblioteca, equipo de audio, televisor, reproductorde dva y arte abstracto en las paredes.-No está nada mal -comentó Gutiérrez deteniéndose frente a uno de loscuadros. Luego volviéndose hacia el patrullero preguntó -¿La occisavivía sola?-Eso me dijeron los vecinos, parece que era una chica del interiorque estudiaba Derecho y alquilaba esta casa desde hace un año más omenos -explicó el policía consultando una libreta.-¿Cómo era su vida social?-Bastante solitaria según las vecinas.-Claro -admitió Gutiérrez-. Bueno, veamos el cuerpo, el forense estápor llegar...Fornelli siguió a su superior preguntándose qué había querido decircon su admisión de claridad. Entraron a un dormitorio einmediatamente la vieron.-Uf -dijo Gutiérrez y Fornelli no pudo evitar sentir simpatía ante laconmoción de su superior. La chica estaba desnuda echada sobre lacama definitivamente, era delgada, de pechos amplios y piernaslargas, su sexo apenas entreabierto estaba rodeado de vello rubio;Fornelli pensó que tranquilamente podía ser el desplegable central decualquier revista para hombres, claro, si uno evitaba fotografiar elcráneo destrozado por el disparo y la mano derecha crispada sobre elrevólver.-¿Qué opina, Fornelli? -preguntó Gutiérrez. Fornelli caminó alrededor del cadáver y luego se fijó en elmobiliario, en su disposición y estado. Dijo -No hay signos deviolencia, no parece que faltara ningún objeto de valor... no tengoindicios para suponer que no sea un suicidio, supongo que de todosmodos habrá que esperar por los exámenes que corresponden... -Claro, claro. ¿Y qué opina?-Ya le dije.-No, no me ha entendido, ¿qué opina?, deje de lado al policía por un momento...-Un desperdicio, no tiene sentido.Gutiérrez sonrió, le puso una mano sobre el hombro y le dijo -Vamos,ya fue suficiente. Ya en la calle, Fornelli preguntó -¿Por qué supuso que eraun suicidio antes de ver el cuerpo?-¿Ha visto las últimas estadísticas?-Sí, claro.-¿Nuestras estadísticas?-Las oficiales.-No, muchacho, ahora cuando regresemos vea las nuestras. Volvieron al despacho y Gutiérrez le entregó las estadísticas. Los resultados eran impresionantes, los suicidios de adolescentes yjóvenes eran una plaga que asolaba Malabrigo con constancia ydedicación.-Dicen que es un desequilibrio estacional -explicó Gutiérrez cuandopercibió sorpresa y alarma en el rostro del subordinado.-¿Y cuánto dura?-Tres años y medio...-Una estación larga.-El clima está cambiando… Tornelli sonrió con tristeza y supo que su carrera no iba a ser tan veloz como había estimado.

sábado, 2 de febrero de 2008

X. en la Patagonia, Tercera y última parte.

Los días de Junio.


No hay correspondencia ni registros en el diario entre el 31 de Mayo y el 13 de Junio de 1982.

“(...) la situación se fue haciendo más crítica y confusa, tanto en la información que recibíamos de lo que estaba ocurriendo en las islas como en lo que vivíamos nosotros. La primera sección de tanques del escuadrón B adquiría-o meramente asumía- características peculiares: hubo un intento de suicidio-que contribuí a frustrar- y planes para un asesinato.
Respecto a la primera cuestión sigue siendo un asunto personalísimo que no me siento autorizado a desarrollar, respecto a la segunda aún hoy me parece que fue un resultado lógico. El teniente Canaves continuaba en su intento de imponer una disciplina prusiana a un grupo que cada vez mostraba mayores signos de agotamiento mental y físico, agresividad y resistencia a cualquier forma de autoridad.
Era como si hubiéramos establecido una estrecha alianza entre nosotros y nuestros familiares, a través de las cartas y las encomiendas, para resistir; y cualquiera que quisiera quebrar ese círculo automáticamente se convertía en nuestro enemigo. Los suboficiales que estaban en contacto cotidiano con nosotros lo comprendieron rápidamente, a excepción del cabo primero Sánchez, que además de ser una completa bestia era un obsecuente del jefe de sección-no utilizábamos un término tan educado, claro, sino el más explícito “chupatrozo”. De todos modos no tuvimos mayores conflictos con él, nos limitábamos a burlarnos y no darle bola.
No sé quién fue el primero en plantear la idea del asesinato, sólo sé que varios vaciaron los cargadores de las pistolas y serrucharon la punta de los proyectiles en cuatro; pensaban que de esta forma cuando la bala penetrara en el cuerpo del teniente se fragmentaría dándole una muerte inmediata o al menos una herida grave.
Cuando vi el procedimiento por primera vez me pareció sólo una forma de simbolizar una violencia que no podía ser ejercida, lo empecé a tomar más en serio cuando vi el entusiasmo con el que alguno de mis compañeros tomaba la guardia, y un poquito más cuando me enteré de que el Sargento Ojeda le había informado al Teniente que entre los soldados se pensaba asesinarlo durante algún servicio. El tipo le había respondido si nos creía capaces de disparar y el Sargento le había respondido que sí.
Yo no había serruchado mis municiones pero tampoco mi sentido del humor, de modo que fui el único que, al menos virtualmente, le disparó al Jefe. Te cuento, todos los días comprobábamos el funcionamiento de las pistolas, una mañana la corredera se trabó y ya no hubo forma de hacer que la munición pasara del cargador a la recámara. Le comuniqué la novedad al tipo y no me dio bola. A la noche siguiente me tocó hacer guardia y le volví a decir que mi arma no funcionaba y que no era lógico obligarme a apostarme con una pistola inútil. No sé que boludez gruñó pero lo mismo me mandó a la guardia.
El puesto estaba en la cima de un cerro y debíamos permanecer allí durante cuatro horas hasta que llegara el relevo, me acompañaba Coquito, un pibe de Ranchos que tampoco se quedaba atrás en la joda. Le expliqué mi idea y desplazamos el puesto a unos treinta metros de su ubicación original. Coquito me preguntó si pensaba que con la gripe que tenía el Teniente se iba a poner a subir y bajar cerros a las dos de la mañana con el frío que hacía, y yo le respondí que sí, que un milico fanático como era él no podía hacer otra cosa.
Las horas pasaron muy despacio, conversábamos y caminábamos pero yo me mantenía muy atento a cualquier sonido que indicara la aproximación del objetivo. No era una noche cerrada pero no se veía demasiado más allá de unos metros. Coquito dijo en voz baja y sonriendo: “Está caminando para el lugar donde debía estar el puesto”. “Sí, ya lo oí, ahora silencio”. Yo había escuchado el ruido de los pasos que las piedritas sueltas de la ladera del cerro hacían evidente.
No sé que pasaría por la cabeza de Teniente en ese momento pero yo quería que en los próximos minutos fuera terror. Cuando no nos encontró en nuestra ubicación original se desvió hacia el oeste acercándose a nuestra posición real, cuando lo presumí a unos veinte metros le di la primera voz de alto. “Alto, ¿quién vive?”. Escuché con claridad que respondía:”Oficial de servicio”. Hice como si no lo hubiera escuchado y volví a gritar la voz de alto, el tipo volvió a responder con claridad, volví a insistir en mi voz de alto y tiré la corredera de mi pistola-inútil-ruidosamente hacia atrás. Si el tipo no se identificaba claramente yo tenía la obligación de dispararle. Gritó con urgencia: “OFICIAL DE SERVICIO”. Le pedí la señal de reconocimiento y dejé que avanzara, Coquito, a mi lado, trataba de sofocar la risa.
Cuando estuvo a unos metros nos preguntó quiénes éramos, nos identificamos y preguntó quién había cargado, le respondí que había sido yo y me ordenó que comprobara el arma. Es decir que sacara el cargador de la pistola, desplazara la corredera y desalojara la munición que había quedado en la recámara. Le respondí que era inútil, porque, ya que como se lo había informado, mi arma no cargaba. Dudó unos segundos y dijo: ”De todos modos, compruebe.”. Traté de hacer lo que me ordenó y fue inútil.
En la formación de la mañana siguiente destacó ante la sección mi celo en el servicio y Coquito no pudo explicar por qué se rio; para la siguiente guardia me conseguí un FAL.(...)”

“(...)Sí, raramente estuve cerquita de la muerte a pesar de no haber entrado jamás en combate. Sí, es raro, pero acordate que yo estaba en el Ejército Argentino. Te cuento, estábamos en un control de ruta, esa boludez de cagarnos de frío y parar a los autos que pasaban por la ruta. Un cabo y un compañero estaban encargados de parar a los autos y pedir documentos, otro compañero y yo estábamos en pozos de zorro a unos cincuenta de metros a izquierda y derecha del puesto central armados con ametralladoras Mag para reventar a tiros al que tratara de evadir el control. Era de noche, hacía un frío de cagarse, y yo decidí dormir lo más cómodamente posible en el fondo del pozo. Hasta que me despertó el zumbido de unas balas que pasaban muy cerca, la detonación de los disparos y luego el grito desesperado del cabo-al que no identificaré más exactamente- que me llamaba. El boludo creía que me había cagado a tiros, cuando me desperté del todo le contesté.
¿Qué había pasado?, te preguntarás. Parece que un automovilista se había desviado para evitar el control y el cabo empezó a los tiros con la nueve milímetros contra el auto, pero sobre mí posición. Cuando el otro pibe le dije que yo estaba ahí, el cabo dejó de tirar y le agarró la desesperación. Esa noche creo que me salvaron la indisciplina y el sueño, bueno y que el pozo tuviera la profundidad suficiente, claro. (...)”

“(...) Después de Goose Green tuvimos la absoluta seguridad de que la guerra se perdería, corrían todo tipo de rumores, desde que Galtieri nos embarcaría como infantería hacia las islas hasta que la rendición era inminente. Mientras, seguíamos haciendo guardia, control de ruta y esperando los francos para llamar por teléfono a casa y alcoholizarnos en la Hostería del Automóvil Club Argentino. Algo que aún hoy me llama la atención es que cantábamos, cantábamos mucho. Canciones de rock nacional: Moris, Serú Girán, Piero setentista, y otros que no recuerdo. Había algo muy surrealista en el hecho de escuchar a diez tipos vestidos de militares, en un camión militar, cantando:”Para el pueblo lo que es del pueblo porque el pueblo se lo ganó, para el pueblo lo que es del pueblo, para el pueblo liberación.” Jamás fuimos sancionado por eso, ni oímos comentario alguno. Recuerdo sí que el Teniente quemó ejemplares de la revista Humor en la salamandra de la carpa central; yo aproveché un momento de descuido y quemé todos los ejemplares de una revista pedorra que editaba el ejército para los soldados en la misma salamandra.(...)”

Fragmento de una carta fechada el 14 de Junio de 1982.

“(...)Me enteré de que en las Malvinas están negociando con los ingleses, espero que esta guerra termine pronto.”

14 de Junio de 1982.
“Hoy ha sido un día particularmente triste, cuando nos fuimos a bañar nos dijeron que se había dicho por radio que Menéndez, el gobernador militar en las Malvinas, estaba en tratativas con el Comandante en Jefe de las fuerzas inglesas para tratar la rendición. Bueno, un toco de tipos muertos al pedo. ¿Cómo será el país que nos esperará al cabo de esto?¿Eh?.”

15 de Junio de 1982.

“(...) nos parece que todo esto fue una terrible y trágica payasada. La verdad es que no sé qué pensar, el tiempo dirá como fueron las cosas realmente y si de algo sirvió que tanta gente muriera. En este momento siento que fueron muertes en vano, el tiempo dirá, aunque no consolará a las madres de los pibes que quedaron allá. (...)”


“(...)No recuerdo con exactitud de la fecha pero después del veinte de Junio desembarcaron en Puerto Santa Cruz pibes que habían estado en Malvinas. Queríamos saber qué habían pasado pero no nos animábamos a preguntarles. Yo me limité a escuchar a Colman, un pibe que había estado en nuestro escuadrón y que luego tuvo la mala leche de que lo transfirieran al escuadrón comando, ahí habían formado un grupito de defensa antiaérea con misiles portátiles tierra-aire Bluepipe y lo habían mandado a las islas. Nos contó que los misiles no habían servido para un carajo y que había andado como bola sin manija hasta que lo metieron de camillero. Qué había visto pibes volar en pedazos y se había aterrorizado con el avance de los gurkhas. Mantenía el mismo tono bajito y pausado que le conocíamos para hablar, pero el miedo no se la había ido de los ojos.(...)”

22 de Junio de 1982.

“(...)Por ahora nada más, salvo que tengo muchísimas ganas de escribir y de meditar profundamente pero no encuentro el momento propicio para hacerlo. (...)”

24 de Junio de 1982.

“Creciendo a la vuelta
de una esquina
de flores futuras,
ahí está nuestro lugar.


25 de Junio de 1982.

“A pocos minutos de la madrugada del 25 escribo estas líneas en un avión de la Fuerza Aérea que me lleva de regreso (...)”

“(...) supongo que nunca termina cuando pensás que termina. Hasta ahora más de trescientos excombatientes se suicidaron y en Gran Bretaña otro tanto. No estuve en combate, sólo pasé frío y estuve un año y media soñando con la guerra, y, lo que es peor, algunas veces añoro esos días... jamás volví a sentir el sentimiento de solidaridad y compañerismo que viví con esos pibes a los que desde el ‘84 no veo(...)”

Hace poco más de veinte años que la guerra de Malvinas concluyó, o al menos los sucesos bélicos. No sé en cuántos hombres que ya han pasado los cuarenta sigue desarrollándose, para mí ha sido y es una marca ígnea que reclama respeto y atención.
Mucho se ha escrito y, con seguridad, mucho se va a escribir sobre el tema; espero que valga, entonces, este modesto aporte que intenté desde el esbozo autobiográfico para enfocar otro aspecto.
Julio C. Páez


Escribí este texto en 2004 alentado por la poeta Patricia Damiano que tuvo la deferencia de publicarlo en su sitio de internet y se tomó la molestia de editarlo. Transcribí fidedignamente lo vivido y escrito por el joven soldado que fui entre Abril y Junio de 1982, el episodio del desembarco de buzos tácticos en Caleta Olivia y el avistamiento de dos submarinos ingleses (anotación correspondiente al 29 de Abril de 1982) era una información que no había sido confirmado por otra fuente... hasta hoy, 17 de Junio de 2007, cuando el matutino Clarín ha publicado en su sección El país, páginas 22 y 23, un artículo que titula: Malvinas Submarinos ingleses y misiones secretas en Santa Cruz , confrontar en
http://www.clarin.com
Una buena demostración de que la historia está en construcción permanente.

jueves, 24 de enero de 2008

El adivino incompleto.

El hombre limpió el facón entre las ropas de la víctima y comentó con tranquilidad a los presentes “No crean que hubo algo personal en esta muerte, fue nomás un acto de justicia”. Nos recorrió con una mirada tranquila, guardó el cuchillo, dio media vuelta y salió. Pude escucharlo montar y al tranco nomás de su caballo, alejarse. Yo no debiera haber estado ahí esa tarde de otoño, me lo prohibían mis dieciséis años y la amenaza de un severo castigo paterno, pero estaba. Y aunque sabía por qué no me animaba a confesármelo con plenitud; había algo en los pechos de la hija del dueño del boliche que se me antojaba imprescindible. Salí del lugar tratando de borrar mi errónea presencia, preguntándome si algo tan brutal como lo que había visto efectivamente pudiera ser un acto de justicia.

Pasaron unos días y todo pareció volver al cauce que era natural, hasta que un mediodía cuando volvía del campo la abuela me tiró no bien entré en la cocina “¿Sabía mi hijo que lo dijuntiaron al brujo Antúnez la semana pasada en el boliche?” Intenté fingir ignorancia pero perdí la fe con ligereza y admití que había presenciado el hecho.

-Esté donde no tiene que estar y verá lo que no tiene que ver -sentenció mi abuela implacable, pero luego, asumiendo la comprensión que me la hacía tan querida dijo “No se preocupe, m’hijo, nadie se enterará por mí que usté estaba en ese lugar”

-El hombre dijo que era un acto de justicia.

-¿Y usté qué piensa?

-Yo le creí.

La abuela bajó la mirada y suspiró con tristeza; luego, como si las fuerzas le faltaran, se sentó en una silla.

-Usté conoce la historia –dije.

Han pasado más de cincuenta años y aún recuerdo el tono de su voz, sus énfasis, pero, raramente, no sus exactas palabras, muchos libros, discusiones; alcoholes y tabacos han pasado desde entonces y me han opacado el recuerdo. Y ahora, en el estudio silencioso donde me he convertido en otro (como forzosamente le ocurre a todo hombre) trato, imperfectamente, de poner por escrito la historia: La línea de la frontera apenas si estaba trazada en la década de 1860, y la miseria de los hombres que tenían que mantenerla no contribuía a que su trazo se hiciera más firme, en un fortín entre tantos, transcurre la historia. El comandante era un sobreviviente de la guerra de la independencia y de un par de guerras civiles, pero el peligro y la falta de mujer (por nombrar algunas justificaciones) lo habían hecho blando e inseguro. Fue entonces cuando desde el desierto, escapado de las tolderías, según dijo, apareció Antúnez; era una ruina: sucio, flaco y vestido con harapos apenas reconocibles como ropa de cristiano. Casi inmediatamente se ganó la confianza del comandante y la tropa, sabía de ungüentos que preparaba con hierbas para todo tipo de dolencia y era hábil para curar heridas, bolear ñandúes y cocinar lo poco que se conseguía. Oblicuamente, con palabras sesgadas comenzó a sugerir otras habilidades: predecir el futuro, por ejemplo. Aconsejó acertadamente al comandante sobre las acciones ante un par de ataques pampas, que fueron eficazmente rechazados y lenta pero constantemente comenzó a ejercer una autoridad que nadie le había otorgado. La cobardía trabajaba insidiosamente al comandante y bebía las palabras de Antúnez con alivio. Un día le sugirió que el teniente Oliva era un peligro para la supervivencia del fortín, y el comandante lo mandó con un par de soldados a hacer una batida que, previsiblemente les produjo la prisión o la muerte a manos de los indios. Otro mandó al sargento Benítez a constatar la línea con el fortín más próximo cuando una tormenta se acercaba. Y así la tropa fue quedando sin mandos y ganada por el temor y la desconfianza. Entonces se produjo el tercer ataque pampa, feroz y masivo, y a pesar de los Remington, las bayonetas y los sables, el fortín fue arrasado. Hubo sólo un sobreviviente, o eso al menos pensó Antúnez mientras cabalgaba junto al capitanejo pampa vaciando con ganas un porrón de ginebra celebratorio. Supo que se había equivocado una tarde de otoño en un boliche, supo también entonces que era incompleta su capacidad para predecir el futuro, al menos el propio.

martes, 22 de enero de 2008

El monstruo.

La noche es mi manto y mi amiga, la única que perdona mis formascontrahechas. Me ampara cuando me asomo a la vida de ellos eintento compartir alguna de sus alegrías; pero si bien me espropicia sé que despierta sus miedos más ancestrales, caro he pagadomis intentos de acercarme a ellos en la sombra.Durante el día acecho aguardando la oportunidad de mostrarme y romperel hechizo. A veces veo pasar guerreros que buscan fama a mi costa;podría destrozarlos de proponérmelo, pero eso alejaría la solución ami problema. Debo encontrar a alguien que me escuche, no que recibala muerte de mis manos.Ayer vi a una niña y pensé que tal vez ella fuera la elegida; ellasabría comprender. Huyó aterrorizada. Maldita criatura temerosa, miimagen la perseguirá en sueños!Un nuevo fracaso revive mi escepticismo y acrecienta mis dudas sobrela fórmula que romperá el hechizo. Al fin y al cabo lo dicho por la bruja:"sólo dejarás de ser un monstruo cuando puedas decirle aalguien que dejarás de serlo diciéndole esto que te digo", es sólouna reminiscencia infantil jamás comprobada.Soy tan monstruoso que todos se aterrorizan y huyen de mí, negándomela posibilidad de no serlo. La improbable liberación es lo único quealimenta mi oblicua esperanza y me ata a la vida.Debo ocultarme, amanece.

Un encuentro. -cuento.

A pesar de mi acendrado agnosticismo, o precisamente por eso, suelenacercarse a mi mesa mujeres que no están, o que ya han estado, o quedesearía que estuvieran. Espectros, bah. Claro que no siempre tienenla misma forma de desmentir su ausencia: la morocha de ayer, porejemplo. Se sentó a mi mesa cuando hacía un ratito que habíaanochecido y el viento del sudeste se empeñaba en limpiar el vidriocon una llovizna que supuse gélida y constante. No me di cuenta de supresencia (de la morocha, digo, que no de la llovizna)hasta que elmozo se acercó, dispuso dos copas pequeñas sobre la mesa, las llenócon un liquido verde que sirvió desde una botella polvorienta ycomentó, juicioso y correcto-Nunca pensé que alguien volviera a pedireste matarratas -me miró compasivo y acusador y se fue.-Ajenjo -dijo la morocha.-Las hadas verdes y así... -dije en plan erudito y perdonavidas.La morocha me miró condescendiente, sonrió y bebió un largo trago.Tomé la copa y bebí.Los ojos de la mujer se iluminaron con un fuego frío y verde.No sé si fue el efecto del menjunje, pero juro que antes dedesvanecerse me sonrió con una sonrisa de incisivos notables.Pedí otra vuelta pero no conseguí invocarla, supongo que no le agradóel ambiente (o al menos me gustó pensar eso).

viernes, 18 de enero de 2008

X. en la Patagonia texto de Julio Páez-Segunda parte.


Los días de Mayo.

"4 de Mayo de 1982.
Camino a Santa Cruz, puerto de. Haciendo guardia en la torre de un tanque."

Fragmento de una carta fechada en Puerto Santa Cruz el 8 de Mayo: "(...)Estamos en el regimiento de caballería de tanques 11, es muy cómodo, dormimos en un tinglado de tanques calefaccionado, se duerme muy bien, salvo cuando tenemos guardia en el campo a unos kilómetros del regimiento.
Hay un puesto de observación aérea arriba de un cerro, no saben lo que es subir eso, de todos modos la vista desde arriba es fantástica. Parece una pintura.
Subí ayer con una lluvia de la san puta, me mojé todo, cuando llegué a la cumbre la nube había cubierto todo, estaba en medio de la nube! Hacia arriba no se veía nada y hacia abajo, menos, era al pedo la observación aérea, pero (...)"

"(...) No sabíamos con claridad lo que estaba pasando. Circulaban montones de rumores. De todos modos, en las formaciones de la mañana, el jefe de regimiento comentaba las novedades con los jefes de escuadrón y algunos suboficiales las pasaban, por eso supimos pronto que los bombardeos a Puerto Argentino no eran tan inofensivos como decían los comunicados del Estado Mayor Conjunto.
La primera sección continuaba separada del resto del escuadrón lo que hizo que se creara una microsociedad en la que rápidamente se hicieron evidentes los conflictos, las alianzas enfrentadas y una violencia contenida que aún hoy, en el recuerdo, me extraña.
Nuestro jefe de sección era el teniente Canaves, que intentaba mostrar una imagen de severidad y corrección militar que chocaba notablemente con el carácter, la actitud y la difusa ideología de los soldados bajo su mando. Una anécdota breve puede describirlo con bastante claridad: el tipo nos obligaba a hacer ejercicios de orden cerrado-esas boludeces de saludo uno, saludo dos, marche, etc- en medio de la planicie patagónico cuando los ingleses ya habían desembarcado en las islas. Caño, o sea el soldado clase ´62 Guarino, le comentó que ese ejercicio era inútil. Canaves lo miró con suficiencia y le respondió algo así como "sepa, soldado que los ejércitos alemanes en plena guerra mundial seguían haciendo ejercicios de orden cerrado". Caño le respondió "Así les fue".
Los enfrentamientos empezaron en forma inmediata, creo que el primero ocurrió no bien llegamos a Puerto Santa Cruz, a principios de Mayo: Habíamos dispuesto los tanques en un valle perpendicular a la rada y Canaves había decidido que debíamos vigilar el lugar haciendo guardia en la cima de un cerro divididos en grupos de cuatro. Así que subimos hasta la cima y nos pusimos hacer un pozo de zorro donde tres pudieran dormir lo más cómodamente posible mientras el cuarto vigilaba.
Habíamos terminado ya casi el trabajo cuando llegó un pibe y nos dijo que Canaves había cambiado de idea y que en el puesto de guardia sólo permanecerían dos, los otros dos caminarían desde la guardia central para relevarlos. Eso significaba que deberíamos caminar ascendiendo o descendiendo del cerro unos seiscientos metros a las dos de la mañana con temperaturas de unos cuantos grados bajo cero, ya fuera que asumiéramos la guardia o nos hubieran relevado.
¿Por qué? preguntamos, el pibe dijo que Canaves le había dicho al Sargento Ojeda, el encargado de sección, que si nos apostábamos los cuatro juntos era probable que no respetáramos la disciplina y termináramos durmiendo todos.
La contradicción enfureció a mis compañeros-los tres habían sido dados de baja y reincorporados luego del 2 de Abril- y cuando vieron a Canaves caminando por el valle allá abajo lo reputearon a los gritos, el tipo se hizo el boludo pero después de un rato se acerco a nosotros y preguntó ¿Ustedes fueron los que gritaron? Sí, fuimos nosotros, le respondimos. Nos miró durante unos segundos y dijo con voz que intentó firme algo así como no era correcto dirigirse a un superior de esa forma, dio media vuelta y se fue.
Nos quedamos en silencio, midiendo las consecuencias de lo que había ocurrido, habíamos cometido una falta grave y nada había ocurrido, creo que a partir de entonces empezamos a ser conscientes de que parte del poder estaba de nuestro lado. “

Fragmento de una carta fechada el 15 de Mayo.

"(...) Acá te digo que esto se torna cualquier cosa... como por ejemplo hoy. El cabo de guardia en un mítico pedo... los soldados llevándose vino al puesto de guardia. (...)"

" (...)El alcohol era la salida más frecuentada, a una situación que se hacía más y más opresiva. Luego del desembarco en el estrecho de San Carlos fue claro que la guerra se perdería más o menos rápido, lo que nos puso en una situación compleja. Queríamos que la guerra terminara, éramos derrotistas, pero al mismo tiempo no queríamos que los pibes que ya habían muerto, lo hubieron hecho inútilmente. Es difícil de entender, lo sé, pero admitir que esas muertes no habían servido para nada era asumir que también nosotros éramos material descartable. Y entonces, para ejemplificar, de nuevo aparece Canaves.
Una noche de luna llena estaba haciendo guardia en la cima del cerro que te mencioné antes, tenía una radio portátil y mientras caminaba de un lado al otro intentando no recagarme de frío escuché un comunicado del Estado Mayor Conjunto que informaba que las tropas argentinas seguían resistiendo en Ganso Verde aunque imposibilitadas de recibir refuerzos o asistencia. Casi rompo la radio contra una piedra pero no era mía así que la apagué y la guardé en un bolsillo, al rato cayó Canaves y le pregunté si consideraba que la guerra aún se podía ganar. Me contestó, lo recuerdo con claridad y furia, "Vea, es como si a usted lo subieran a pelear con Cassius Clay, por ahi tiene suerte y le mete una buena piña al negro(...)".

"23 de Mayo de 1982
... ahora, a riesgo de que mis manos sean congeladas por el helado viento afirmo que soy testigo de un hermoso crepúsculo y experimento una angustia destrozante la que describiendo atenúo momentáneamente..."

"(...) todos buscábamos algún método para resistir, ya hablé del alcohol, pero también estaba el juego-feroces partidas de siete y medio-, las putas del pueblo, pero fundamentalmente la solidaridad y un sentido del humor bastante jodido. Compartíamos todo lo que nos llegaba: ropa, comida, cigarrillos, libros, todo. Una tarde nos comimos un kilo de dulce de leche a cucharadas entre cinco en menos de diez minutos... había diferencias entre nosotros, claro, pero creo que el creciente odio hacia Canaves canalizaba gran parte de nuestra agresividad.
La guerra era una presencia difusa y constante que de vez en cuando avanzaba en el cuadro; una mañana fuimos con los tanques hasta el puerto porque necesitábamos una superficie rígida y plana para tensar las orugas y vimos una lancha patrullera de la prefectura que parecía tener el casco cubierto de manchas de óxido, cuando nos acercamos vimos que eran agujeros y que parte de la borda aparecía retorcida y quemada. Había tenido un encuentro cercano con un helicóptero Sea King.
Una noche estaba durmiendo solo en nuestra casita del valle-un cuadrado excavado en el lecho de un riacho seco, tapizado con paños de carpa y colchones y techado con paños de carpa y ponchos impermeables.-y me despertó el sonido de detonaciones distantes, me levanté y salí. Hacia el Noreste se veían líneas de un anaranjado fosforescente que buscaban las luces de un avión que se alejaba, me quedé mirando hasta que las líneas se extinguieron, por la mañana el suboficial de guardia me dijo que las baterías antiaéreas habían disparado sobre un avión de Aerolíneas Argentinas que no se había identificado a tiempo.
Fue más o menos por esa época que se nos prohibió prender fuego en las guardias porque el fuego podía permitir la localización de los tanques mediante observación satelital, porque los satélites-según se nos dijo- estaban preparados para detectar fuentes lumínicas y de calor; pero al mismo tiempo, regularmente, poníamos en marcha durante una hora los motores de los tanques. Todo era tan absurdo que cada tanto posábamos inmóviles mirando al cielo para salir bien en la foto.(...)”

Fragmento de una carta fechada el 24 de Mayo de 1982.

“(...) Ante todo debo aclararles que estoy bien de salud, aunque recontraembolado de estar acá (...)”.

“(...) el hastío era insoportable, aumentaba con el paso de los días y nos embrutecía inexorablemente. Me acuerdo de que un jueves a la tarde habíamos salido de franco luego de un día de guardia y otro de control de ruta, y caminábamos hacia la hostería del Automóvil Club para tomar algo fuerte. Cuando estábamos a media cuadra nos sobresaltó una frenada, un golpe y un aullido. Vimos un cachorro de ovejero alemán tirado delante de un Falcon. Un hombre saliendo corriendo de un negocio gritando: Mi perro, mi perro. Llegó hasta el perrito y lo levantó con mucho cuidado.
Seguimos caminando en silencio, Caño dijo: “Es raro... yo antes hubiera ido corriendo a ayudar al perrito... es una boludez, pero me siento endurecido, como si no me importara nada”. Le dije que me pasaba lo mismo. (...)”

jueves, 17 de enero de 2008

martes, 15 de enero de 2008

X. en la Patagonia-Primera parte,texto de Julio Páez.

Malvinas. X en la Patagonia, texto de Julio Páez.
Julio C. Páez. Artículo publicado por entregas en la revista literaria virtual Zoolook. http:://www.zoolook.ws entre Abril y Septiembre del 2004.


X en la Patagonia (Abril-Junio de 1982)
Una visión lateral de la Guerra de Malvinas

Pasados más de veinte años, situar la experiencia de X. en su viaje inconcluso hacia la guerra es una cuestión bastante más compleja de lo que me pareció cuando decidí encararla. Fundamentalmente porque tengo el testimonio de X., una fuente de primera mano, pero infectada por el desarrollo de una subjetividad que dista 22 años de los hechos que memora. Tengo también sus diarios-bastante pobres, por cierto-y su correspondencia. Espero, confrontando los diferentes órdenes de fuentes, acercarme a la redacción de un discurso veraz y de cierta coherencia.

"¿Sabés que son plácidos almirantes
quienes nos conducen al exterminio
y que obesos y torpes generales adquieren
el obsceno vicio de la sangre joven?"

Jim Morrison, "Una plegaria americana", 1970.

Los días de Abril


"14 de Abril de 1982
Hoy partimos hacia el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (T.O.A.S.), quizás hacia un probable combate, quizás hacia una probable muerte. Hay que pensar intensamente en la posibilidad de la muerte. Es la guerra o no, aparte hay que saber enfrentar las cosas como vienen. "

"Yo estaba haciendo la colimba en el Regimiento 8 de Caballería Blindada con sede en Magdalena, allí tenían los TAM (Tanque argentino mediano), que eran los juguetes más queridos del ejército, con los que pensaron reprimir la protesta del 29 de Marzo en Plaza de Mayo... si, está bien, me ordeno. Volví de un franco a fines de Marzo de 1982 y me dijeron que los tanques del escuadrón habían sido armados con munición de guerra tanto para el cañón como para las ametralladoras para mandarnos a Capital Federal el 29, dije que ni en pedo pensaba tirar contra la gente y no sé si me creyeron. Por suerte, algún milico menos animal que el que había ordenado el alistamiento de los tanques decidió suspender su movilización, tal vez porque ya tenía en claro lo que se venía para el 2 de Abril. Ese día, el 2, claro, nos enteramos de la toma de Malvinas por la radio, al cabo de un turno de guardia, y creo que fue a partir de ese momento que tuve la impresión de comenzar a transitar por una niebla leve que se iría espesando con los días.
La semana santa de 1982 fue la última ocasión en que vi a mi padre antes de marchar hacia el sur, lo recuerdo con claridad porque mantuvimos una conversación en la que, con una rara conciencia política, argumenté que la recuperación de Malvinas era sólo una operación de los milicos para ganar popularidad y mantenerse en el poder. Conciencia que se obnubiló parcialmente durante el viaje... (...)"

"15 de Abril de 1982
Es increíble el entusiasmo de la gente por darnos ánimo, regalándonos cigarrillos, comida, cartas, estampitas, te hace sentir que representás a todo un pueblo que en las actuales circunstancias se halla fuertemente cohesionado..."

"(...) fue raro, a medida que avanzábamos hacia el sur el entusiasmo de la gente se fue desvaneciendo, como si la proximidad geográfica de una guerra que se hacía cada vez más cierta, enfriara el ardor belicista que tanta vigencia había alcanzado en Buenos Aires. ¿Nosotros?, es difícil hacer un juicio general, ante todo porque éramos un grupo de ciento cincuenta personas y por lo tanto la percepción de lo que ocurría era variada y disímil, y además, dada la estructura de un escuadrón de tanques, yo sólo tenía contacto directo con once personas, un oficial, cuatro suboficiales, y seis compañeros; los que integrábamos la primera sección de tanques del escuadrón "B". Creo que, en los primeros momentos, cuando la rueda empezó a girar, nos fue muy difícil analizar la situación y asumir una posición coherente. Lo que si recuerdo es que la guerra empezó a adquirir concreción en el viaje en tren, cuando un médico nos explicó como proceder en el caso de quemaduras, mutilaciones y muertes, y de que forma debíamos actuar para deshacernos de los cadáveres que afectaran la operatividad del tanque"

Fragmento de una carta fechada en Choele Choel el 17 de Abril de 1982.

"(...)Ojo con los espías ingleses! No digan nada y menos que tienen un hijo tan militar como yo!(...)"

"(...)... nuestra misión o la que se suponía que debía ser nuestra misión, o mejor dicho, los que nos decían que debía ser nuestra misión era doble: impedir un desembarco británico en territorio continental o un avance chileno desde la cordillera. Confusión por la cual nuestros posible destino definitivo fue variado, como si el azar tuviera más que ver con nuestra posición que cualquier tipo de decisión estratégica.
Me había olvidado contarte que a la semana siguiente del desembarco en las islas, se había armado una fuerza mixta de tanques y VCTP (Vehículo de combate para transporte de personal) para ser enviada a Malvinas, de la cual yo formaba parte que luego de una inspección realizada por el General Daher fue desechada, por suerte. La idea había sido conformar una fuerza de tareas con la brigada de exploración blindada de La Tablada que tenía autos blindados Panhard. Por lo que supe después, a la mayoría de esos autos los hicieron mierda en las islas...,¿ves por qué te digo lo del azar? Te preguntarás por que no mandaron tanques medianos a Malvinas, creo que consideraron que el suelo de las islas era demasiado blando para soportar el peso de tanques de treinta toneladas.

"17 de Abril de 1982

Estamos en Choele Choel, provincia de Río Negro; hoy a la noche la Primera Sección, (a la que tengo el honor de pertenecer) se separa del escuadrón y marchará con rumbo Sur, dicen que hacia Trelew, Chubut, vamos a ver lo que pasa, esto me huele a archipiélago austral. "

"(...)... cuando reincorporaron a los pibes que habían dado de baja en el '81 tuvieron que volver a rearmar todas las secciones, y asignar las funciones de la tripulación de cada tanque, el jefe del escuadrón se reunió con cada jefe de sección e hicieron una evaluación de aptitudes, dijeron haber elegido para la primera sección a los que consideraron más agresivos o combativos, ya que era la sección que debía tener la iniciativa en un posible combate. El 17 de Abril se decidió separarla del escuadrón para que hiciera punta hacia el sur, y ahí me di cuenta, con placer, que la selección de los suboficiales respecto a la combatividad no había sido tan certera. Mi jefe de tanque, el Sargento Ayudante Sánchez, un tipo brutal y resentido, que se había complacido en formas diversas de crueldad con nosotros durante el año anterior, empalideció, tartamudeó, argumentó y estuvo a punto de sollozar cuando se enteró del destino que le correspondía como integrante de la Primera Sección. No sé si el Jefe de escuadrón sintió vergüenza ajena o quiso detener un espectáculo lamentable ante la tropa, pero accedió al pedido del cobarde y lo separó de la Primera Sección. Lo más gracioso fue que después vino una contraorden y la primera sección permaneció con el resto, pero, claro, no hubo vuelta atrás para el atribulado suboficial, y nosotros, digo, la tripulación del tanque Capitán Montoya fuimos beneficiados con la incorporación del cabo Ridela como jefe de equipo.(...)"


"22 de Abril de 1982

Hoy hace cinco meses que cumplí 19 años y aún, en todo este tiempo, no he hecho nada que se pueda considerar válido, y ante todo la perspectiva de una muerte idiota en un probable combate.(...)"

Al día siguiente de que X. hiciera la anterior anotación en su diario, el 23 de Abril de 1982, llegó a su casa una comunicación que citaré textualmente, está firmada por el Teniente Coronel Ricardo Gabriel Pons, a cargo, entonces, del Regimiento de Caballería Blindada 8 y dice:"Deberá presentarse en esta Unidad, en forma inmediata y en el primer medio." Considerarla una muestra de humor perverso por parte del ejército es ejercer una generosidad impropia, considerarla una muestra de ineptitud tal vez es redundante.

"(...)Seguimos hacia el Sur, los tanques iban montados sobre semirremolques arrastrados por camiones y cada tanto nos tocaba hacer guardia en la torreta del tanque, lo que nos daba una buena oportunidad para evitar boludeces, y dedicarnos a pensar o a no pensar perdidos en el paisaje. La noche del 24 de Abril llegamos a Sierra Grande, y ahí tuve la impresión de una solidaridad concreta, no hubo banderitas agitadas con frenesí ni bocinazos, ni gritos, hubo familias que nos abrieron sus casas para bañarnos, comer, llamar por teléfono. A me habían asignado el primer turno de guardia y cómo no podía alejarme de los tanques, un obrero morochazo de la mina vino con su familia, mujer y bebito, en un Falcon destartalado y una gran fuente con asado al horno con papas y una botellita de vino-que no tomé, claro-. Hablamos del trabajo en la mina, de la posible guerra, y yo comí, claro. Se despidieron y yo concluí mi turno de guardia y alguien me dijo que la disco del lugar, creo que una de las dos que había en el pueblo, había abierto por nosotros. No sé si fue una buena idea de los propietarios: ciento cincuenta tipos poco más que adolescentes con poco dinero, armados y que hacía por lo menos quince días que no veían una mujer eran una combinación previsiblemente explosiva.
Cuando llegué las pocas chicas del pueblo que se habían atrevido a permanecer se habían refugiado en la barra, junto a los propietarios y a sus matones, aún así soportaban con estoicismo los encares permanentes de alguno de los ciento cincuenta salvajes que andaban por el lugar. No sé si no eran profesionales o lo eran en demasía y consideraron que poco beneficio económico podían sacar de esos desesperados, o tal vez se asustaron. Descartadas las mujeres la noche se orientó hacia el alcohol y cuando el dinero comenzó a escasear hubo un momento de tensión cuando alguien desenfundó la pistola Browning nueve milímetros, la puso sobre la barra y decretó canilla libre; luego de un forcejeo breve, se acordó una ronda libre y no más. Me alejé de la barra y caminé hacia la pista principal y fui testigo de una rara escena tribal: los pibes bailaban con furia un ritmo techno como si estuvieran exorcisando el miedo, la soledad y la angustia. Me quedé mirándolos un rato largo bajo las luces cambiantes de la pista, y me fui hacia la calle, no hacía frío y el silencio era consistente, decidí irme a dormir. (...)"

"28 de Abril de 1982

Hoy hace dos días que estamos en Comodoro Rivadavia. El embole es máximo."

"(...)Cuando llegamos a Comodoro Rivadavia en la radio del micro-cuando no teníamos que hacer guardia en los tanques viajábamos en micro- sonaba Credence y hacía un día gris y ventoso, yo pensé que hubiera sido más indicado un blues, de golpe la música fue interrumpida por un comunicado oficial que relataba la "gloriosa" resistencia del Capitán Astiz al mando de los lagartos en las Georgias, y después los resultados del fútbol del ascenso. Y ahí me sentí confirmado, ya no más dudas, estábamos en medio de una payasada que iba a ser trágica, la guerra avanzaba pero no era suficiente para suspender el fútbol, la muerte o su posibilidad sólo alcanzaban a dar un tono pintoresco a la situación, nada más.(...)"

"29 de Abril de 1982

9:33 PM. Hubo un alerta amarillo mientras estábamos en el cine, ahora nos alistamos todos, (¿posible desembarco inglés?), órdenes del jefe de regimiento. Nos vamos a la mierda del tinglado... (...)."

"(...)la noche del 29 de Abril hubo una formación en el tinglado y el jefe de escuadrón nos ordenó que alistáramos los tanques para el combate-armar las cintas de las ametralladoras, baquetear los cañones y comprobar los aparatos de óptica-, porque en media hora dejábamos el lugar y entrábamos en acción. Supongo que tuvimos miedo, mucho miedo y ese miedo aumentó nuestra eficiencia, en veinte minutos habíamos dejado el tanque a punto y esperábamos la partida. A los cuarenta minutos volvió el jefe de escuadrón y explicó que había sido una falsa alarma.
Por la tarde habíamos ido al microcine de un regimiento cerca del centro de la ciudad y mientras estábamos viendo Galáctica, una película pedorra de Ciencia Ficción en la que trabajaba Lorne Greene, el padre de Bonanza; la proyección se interrumpió y apareció un oficial desconocido con insignias de capitán que anunció que estábamos en alerta amarillo, aviones enemigos a menos de media hora, nos pidió calma y que desalojáramos el lugar en orden y sólo cuando nos fuera ordenado por nuestro jefe de sección. Lo tomamos con tranquilidad, casi como si la cuestión no nos atañera, no pasó lo mismo con el ya mencionado Sargento Ayudante Sánchez, y el Sargento Escalante, tan bravitos en el cuartel, los dos se habían parado frente a la puerta y a duras penas resistían la tentación de salir corriendo, los ojos abiertos con desmesura, los rostros pálidos.
Desalojamos la sala en orden y subimos en la caja descubierta de un camión Reo, en el viaje hacia el tinglado hubo una pelea entre el cabo Vergara-un pendejo de nuestra edad-y no recuerdo qué compañero que le había dicho que todos los milicos eran la misma mierda, el cabo estuvo a punto de rodar por el asfalto de la ruta por defender el honor del Ejército Argentino. Los separaron y yo me dediqué a observar el paisaje, en una pared leí una pintada:"Haga patria mate un chileno", y me sorprendí, luego pensé qué raro era que la ciudad y su gente siguieran viviendo con la naturalidad de siempre cuando en unos minutos podía ser volada con unos cuantos bombazos, la muerte no era precedida por su sombra."

"30 de Abril de 1982

Como ves, no pasó nada y lo de anoche fue una especie de alistamiento. El jefe de escuadrón dijo que la situación (supuesta) había sido la aproximación de dos submarinos a Caleta Olivia y el posible desembarco de buzos tácticos. Ignoro cuál habría sido la táctica a desplegar para parar con tanques un comando de buzos (?)... "

"(...)Fue en Comodoro Rivadavia donde la guerra se hizo real, no sólo porque allí nos enteramos del primer bombardeo a Puerto Argentino, sino también porque asistimos a los oscurecimientos de la ciudad, a la interrupción de las señales de radio-silencio de radio para evitar ubicación de blancos- y porque nos obligaron a hacer guardia con fusiles Fal con bayoneta calada y el rostro y las manos tiznados de negro...(...)"

sábado, 12 de enero de 2008

viernes, 11 de enero de 2008

Briznas 2.

Desolación del dragón
domina la encrucijada,
el pastor de los abismos
arma y dispone
las redes;
los exiliados
conjuran la piel
de los espejos

Briznas-cuasipoesía.

1.De ese dios
no se abjura,
inexorable
como tu voz.

2.La casa que
no es nuestra
pero amamos,
las cenizas
de lo que creímos ser,
el fuego arde,
el disidente,
espera que es acción.

3. Inasible
no es leve
hemos visto
los puñales.

jueves, 10 de enero de 2008

Baqueano-novela-fragmento.

Echauri conducía por una calle de las afueras, se sentía un poco mejor desde que había leído los titulares de los periódicos de la mañana informando sobre: " ...las sospechas que se cernían sobre la presentación del asesino serial ante los tribunales". Había efectuado el paso co­rrec­to dándo­le a Ariel la información, ignoraba si la deci­sión de hacerla pública había sido decisión del muchacho o si el individuo que solían identificar como el ilumi­nado había tenido alguna participación en el asunto. De todas formas no le importaba, consideraba que era saludable que todos se enteraran cómo se estaban manejando las cosas en Villarrica en los últimos tiempos.
Quizá esa distensión fue la que le impidió percibir que un auto deportivo lo estaba siguiendo desde que había salido del departamento de policía. Llegó a un semáforo que estaba en rojo y detuvo su marcha, un vendedor de rosas se acercó a su puerta, pero cuando lo reconoció desistió de ofrecerle su mercadería y lo saludó con una inclinación de cabeza. Sabía que los días de compra del comisario siempre se ubicaban a principio de mes, cuando cobraba su sueldo. El auto deportivo se puso a la par del suyo, entonces vio el fogonazo, casi inmediatamente sintió la quemadura en el hombro izquierdo y oyó la explosión del disparo. El semáforo había cambiado a verde, instintivamente Echauri puso primera a pesar del dolor en el hombro izquierdo y pisó el acelerador a fondo. El auto se puso en marcha con un chirriar de neumáticos y la brusque­dad de la aceleración lo tiró hacia atrás. Sacó la pistola de la sobaquera, el auto se bandeó violentamente y rozó el cordón. El coche deportivo ya estaba de nuevo a la par, esta vez Echauri no dudó y dispa­ró un par de veces sin apuntar. El conductor del auto depor­tivo murió instan­táneamen­te, su pie pareció clavarse en el acelerador y su cuerpo se incli­nó sobre el volante. El choque fue violentísi­mo, Echauri oyó el ruido del metal macha­cando metal y la explosión de un neumáti­co, el auto de los atacantes arrastró al suyo contra la vereda y juntos arrolla­ron un refugio de pasajeros. Echauri sintió que el tiempo se alargaba indefini­damente mientras veía como los autos arras­traban el refugio contra la pared de una casa, cuando el golpe contra la pared detuvo la marcha, fue sacudido violen­tamente y temió perder la conciencia. Se mordió los labios con fuerza y consi­guió mantenerse lúcido. Se arrancó el cinturón de seguridad y comenzó a patear la puerta derecha para poder salir, el olor a nafta era intenso y temió que se produjera un incendio. Fue lo último que pensó, la bala le destrozó el cerebro y arrojó su cabeza contra el parabri­sas. El segundo hombre del auto depor­tivo había cargado su pistola con balas explosivas, sabía que su blanco era un tipo difícil, todos en inteligencia interna conocían a Echauri, sabían que era un tipo duro y era alta­mente improbable que diera oportunidad para más de un disparo.
Luego del choque el hombre había salido desde el asiento trasero del auto deportivo y había corrido hacia la luneta del auto de su objetivo, desde allí había disparado; cuando vió el cuerpo del comisa­rio caer hacia adelante supo que su tarea había sido realizada. Se sintió vacío y asquea­do, corrió hacia una calle lateral para mezclar­se con la gente y evitar cualquier posible identificación. Ya a salvo, mezclado entre la multitud de la peatonal, no pudo evitar preguntarse hacía dónde conducía todo eso. Se acercó a un teléfono público, sacó una moneda del bolsillo delantero del su pantalón, la puso en el aparato y discó un número de tres dígitos, cuando oyó que su llamada era atendida dijo:"El pavo está listo".

miércoles, 9 de enero de 2008

Falsa información de un medio nacional sobre el propietario de este blog.

Clarín, 1 de Octubre de 1997.

UN LADRON HABRIA MUERTO POR EL DISPARO DE SU COMPLICE A los golpes, vecinos de un barrio impidieron un robo Dos jóvenes asaltaron un quiosco en Ingeniero Budge
Pero la gente del lugar se resistió
Sin embargo, uno de los ladrones pudo huir a los tiros

Un grupo de vecinos del humilde barrio de Ribera Sur, en Ingeniero Budge, quiso hacer justicia por mano propia y dos asaltantes sufrieron las consecuencias.Cuando intentaban robar a mano armada el quiosco de una familia de la zona, gente del barrio los agarró a golpes, y uno de los ladrones murió por un balazo que habría disparado su cómplice en la desesperación por escapar.El hombre muerto fue identificado como Julio Páez, un joven de 26 años que habría estado preso en la cárcel de Olmos, según fuentes policiales. Las autoridades de la comisaría 10 de Lomas de Zamora no pueden confirmar quién le disparó a Páez, aunque dicen que unos 20 testigos aseguran que fue su cómplice.La causa fue caratulada como tentativa de robo y homicidio en riña.Alrededor de las 10 de la noche del lunes, Bernardino Cairo, un joven boliviano de 25 años, se dispuso a cerrar el quiosco que hace un mes funciona en su casa.Por la ventana enrejada desde donde atiende a los clientes no vio nada extraño. De golpe, dos jóvenes de alrededor de 25 años cruzaron el alambrado que marca el límite entre lo que es terreno de la casa y la calle, y se pararon frente a la ventana.EncañonadoYo estaba adentro, cerrando el postigo de chapa. Entre los dos empezaron a forcejear conmigo para que no lo cerrara. Hice lo que pude, hasta que uno metió una pistola entre las rejas y me apuntó, contó Cairo a Clarín.El hombre se agachó, mientras uno de los asaltantes daba la vuelta a la casa -una de las pocas del barrio construida con ladrillos- y pateaba la puerta de entrada.Del otro lado, en una de las dos habitaciones de la vivienda, Ester Mamani (22), la mujer de Cairo, le daba de comer a su hija de dos años.Mamani corrió hasta la otra habitación, donde hay dos camas matrimoniales y está el mostrador del quiosco, y se refugió allí junto a su esposo, la nena y el hijo menor de la pareja, de 10 meses.Los asaltantes tiraron la puerta abajo y encararon a Cairo, apuntándole con sus armas: Dicen que ustedes acá tienen 3 mil pesos. Me los tenés que dar ahora, porque si no te meto plomo, exigieron.El Quiosquero les dijo que no tenía esa plata y les ofreció mercadería del negocio. No le respondieron: le pegaron un culatazo que lo desmayó y le costó cuatro puntos de sutura en la cabeza.Mientras los ladrones revolvían la casa, los vecinos notaron que algo raro pasaba. El primo de Cairo, Adrián Islas (36), que vive enfrente, entró entonces a la casa acompañado por su mujer, Quintina.Quedate quieto porque te meto un plomo, le gritaron los asaltantes. Islas obedeció, pero Quintina se enfureció, se tiró encima de uno de los ladrones y comenzó a forcejear con él.A los golpes, los asaltantes y la pareja de Islas salieron de la casa. Afuera, en el terreno que hace las veces de jardín, esperaban varios vecinos del barrio.Les pegaron con todo lo que tuvieron a mano. Uno escapó a los empujones y, antes de irse, disparó. Ese fue el balazo que le pegó al otro ladrón. Al rato llegó la Policía y estaba vivo todavía, dijo Mamani.Ellos no sabían que en el barrio estamos todos de acuerdo para evitar los robos, explicó Cairo.En el barrio los vecinos piden más seguridad. Tenemos miedo. Hay rumores de que la banda de estos asaltantes volverá para vengarse, concluyó Cairo.

martes, 8 de enero de 2008

Elenah-cuasipoesía.

Fuimos necesarios
ante la caída,
nuestras las palabras,
el pacto, la luz.
La caricia de otro
se llamaba el juego,
el refugio que
creímos (?)compartir.
Timoneles ciegos,
shamanesde nada,
huérfana es la culpa
de nadie,
falaz.

Kronstadt, 1921.-cuasipoesía.

El sol de los días
justos derramándose
en el muelle,
aniquilando
la continuidad
del horror.
La mierda,
la sangre,
el frío,
menos vanos
que la patria vil.
Y es el rescate
el que viene,
difuso y necesario,
en laviolencia
que será final
….
pero los días
del hombre
son cortos
y la dialéctica,
más que humana,
encadena
toda redención.

lunes, 7 de enero de 2008

Una campaña exitosa.-Cuento.

Entró a la comisaría en medio del quilombo, realmente no sé cómo lo hizo, quería hacer un descargo decía, nadie le daba bola porque no sabíamos qué carajo hacer: a duras penas podíamos mantener a raya la manifestación, nos estaban cagando a piedrazos y de vez en cuando se escuchaba algún tiro; el sargento Escalante me llamó cuando el tipo le mostró todas las tarjetas de crédito que aún llevaba, y se dio cuenta de que era un tipo grosso. Lo había llevado a la salita del fondo, la que está antes del primer calabozo: tenía el traje gris a la miseria, el prolijo peinado con gel disuelto por la transpiración y la cara golpeada. Era evidente que estaba asustado y tenía ganas de hablar, le ofrecí un cigarrillo, se lo encendí y me senté frente a él. Habló sin interrupciones (salvo cuando el sargento entró para indicarme que se estaban acabando los lacrimógenos) y a medida que tomaba confianza su historia se fue haciendo más clara. Me contó que era ejecutivo de cuentas de la agencia de publicidad más importante del país y que todo había comenzado como una joda entre compañeros, que nunca pensaron que iba a tomar la dimensión que tomó y que se sentía culpable y arrepentido. Le dije que fuera más claro, y si bien noté un gesto de molestia ante mi incomprensión, continuó su relato. Ellos, el equipo de la agencia publicitaria, habían batido los récords de venta de todos los productos que habían promocionado; no habían importado sus calidades ni sus precios, todos eran vendidos produciendo ganancias fabulosas para sus fabricantes, cualquier mierda, todo se transformaba en dinero si ellos lo promocionaban. Agrandados, habían pensado en poner en evidencia ante todos su talento e iniciado la campaña publicitaria del "Maby", un producto atractivo tanto para niños, como para adolescentes y adultos, sin distinción de sexo. Cada grupo etario encontraría en "Maby" un aspecto muy placentero. Lanzaron la campaña a nivel nacional en los medios gráficos y audiovisuales e inclusive en los portales más visitados de Internet. Hubo avisos con chicas desnudas, con abuelitos haciendo willys en motos de alta potencia, con niños goleando a la selección nacional, con abuelitas seduciendo a todo un club de físico culturistas, con amas de casa siendo electas Miss Universo, con parejas gays celebrando sus esponsales en la Catedral. etc. La demanda fue brutal, todos querían tener su "Maby" y disfrutarlo, tenerlo y hacer sus vidas más valiosas y satisfactorias...
-Claro -admití-. La demanda fue tan brutal que la oferta no llegó a cubrirla, pero el Presidente dijo que pronto cada uno tendrá su "Maby", no es algo tan terrible, cuando la oferta se estabilice con la demanda estos locos que están a punto de incendiarnos la comisaría se irán tranquilitos a sus casas. Se están utilizando inclusive camiones del ejército para transportar los “Maby”, para llevarlos a cada ciudad y pueblo.
-No –dijo.
-¿ No qué?
-"Maby" no existe, nunca existió.
Lo miré con pena, como se puede mirar a un loco escapado de un neuro psiquiátrico que te llama la atención. -Vamos, hasta ahora nos entendimos,¿cómo me va a decir semejante boludez?
-¿Qué es "Maby"?
-Es... es algo bueno, rico... suave... -me interrumpí sin poder terminar de definirlo.
-¿Lo ve? -preguntó con una sonrisa triste, que me pareció sobradora-.
- Está mintiendo –le dije.
-¿No se da cuenta? Hicimos una campaña perfecta, creamos en todos el deseo por obtener algo que no existe...
-¿Y cómo sé que usted no está mintiendo y que no es un agente de una compañía rival para desprestigiar a "Maby"?
- Piense lo que quiera, yo me limité a decirle la verdad.
Saqué la nueve milímetros, la cargué y le disparé dos tiros en el pecho; nadie tenía derecho a dejarme sin mi "Maby". Afuera el quilombo seguía.

domingo, 6 de enero de 2008

Fractura -cuasipoesía.

Agua salobre
tu paso,
quiebre de
los peregrinos,
claro y distinto
es el hierro,
forma de ayer
y estocada.
El nombre secreto
es
y nada
puede impugnarlo.

sábado, 5 de enero de 2008

Ubicuhén-Novela-Fragmento: Una discusión estética.

Roque caminó decidido hacia donde estaba Agustín no bien lo reconoció, iba acompañado de un hombre alto y obeso con la cabeza rapada vestido con una especie de quimono negro. A Roque no se le ocurrió en ningún momento que su aparición pudiera ser inoportuna, y, obviamente, ni se enteró del vano intento de ocultamiento de Agustín.
-Hola, Agustín.
-Roque, ¿ cómo estás?
Roque saludó educadamente y presentó al hombre que lo acompañaba como Hugo, un músico excepcional que estaba al tanto de su proyecto; lo que obligó a Agustín a realizar el mismo ritual respecto a Beatriz.
-Los invito a tomar una copa. –anunció decidido y generoso Roque.
-No quisiera que...
Sin ser demasiado consciente de sus acciones, (o intentando no serlo), Agustín se encontró sentado a la barra junto a Beatriz, Roque a la izquierda y Hugo un poco más allá. Cada uno tenía frente a sí un vaso recién servido por el solícito y excesivamente simpático barman; Agustín se dijo que no debía permitir que su irritación obnubilara su capacidad de pensamiento.
Beatriz elevó el vaso con su mano derecha y lo llevó a sus labios, y Agustín notó que el pulso aún era firme, tendría que esperar el efecto que produciría el segundo gin tonic.
-Así que Benito tenía una nieta hermosa y la mantenía oculta. –comentó Roque intentando ser halagador.
-Gracias.
Agustín dijo- Benito era un prestidigitador hábil.
-¿ Vos también conocías a mi abuelo?
-Un poco, conversábamos de Historia o me asesoraba para conseguir alguna bibliografía difícil, era un tipo muy culto, era agradable hablar con él.
-Sí y tenía un gran sentido del humor.
-Hugo, ¿ vos que tipo de música hacés? –preguntó Agustín intentando variar el tema de la conversación.
-Es un género un poco difícil de definir.
-Hugo es un genio. –opinó Roque con entusiasmo.
Hugo sonrió, Beatriz, sorprendida, preguntó- ¿ Vos sos Hugo Klapenbaj?
-Sí. –respondió Hugo modestamente pedante con la satisfacción evidente de haber sido reconocido.
-¿ Quién carajo es este tipo?, se preguntó Agustín al tiempo que aumentaba su irritación.
-Mi música es el folklore de otros mundos... –dijo Beatriz.
Hugo sonrió feliz y dijo- Así que leíste el reportaje...
Roque miró a Agustín como diciendo “¿ves los amigos que tengo?”, o al menos eso le pareció a Agustín, que dudó entre putearlo o sonreírle, optó por la sonrisa.
-Sí, pero no entendí completamente la idea. –aclaró Beatriz.
-Bueno, no es nada original ni complicada. –anunció Hugo.
Seguro, pensó Agustín.
-A mi me pareció interesante. –apuntó Roque- ¿ Y a vos qué te pareció, Agustín?
-Nada, no leí el reportaje.
Hugo comenzó su explicación- La idea es romper un poquito con las tradiciones e intentar hacer una música un poco más libre, pero sin intentar tampoco construir una vanguardia, nada de música atonal o aleatoria... sino una forma de disponer la sensibilidad, de ampliarla para componer y ejecutar música, es en ese sentido que digo que mi música es el folklore de mundos que ya fueron, que aún no han sido o tienen todavía la posibilidad de ser... es una idea un poco delirante pero que tiene que ver con la búsqueda de una finalidad trascendente... creo que, en algún sentido, mi música sirve para conectarme con otro ámbito que no es real, al menos en la forma que lo entendemos cotidianamente...
-Algo así como una religiosidad musical. –comentó Agustín, y Hugo se volvió hacia él mirándolo gratamente sorprendido, como si hubiera escuchado las palabras exactas de un sujeto inesperado.
-Sí, claro, una religiosidad musical, el arte como una de las formas de superar los límites que nos impone nuestra condición, una forma de conexión con lo más elevado...
-Qué manera de decir estupideces. –se escuchó con claridad desde la derecha y todos dirigieron la mirada hacia el severo opinante: un hombre delgado, de pelo corto, de barba apenas insinuada que fumaba un cigarrillo con la vista fija en el vaso de whisky que tenía frente a sí sobre la barra. Permaneció en silencio, aparentemente ajeno al interés o a la animosidad que habían despertado sus palabras.
Hugo prosiguió- Como decía... creo que la música puede ser una de las formas de conexión con la trascendencia...
-Seguimos con las estupideces... –comentó el hombre del vaso de whisky.
Esta vez Hugo no pudo continuar con su indiferencia- Ya pasaste todo límite
-No te calentés , Hugo, debe estar en pedo. –pidió Roque.
Hugo se puso de pie y se acercó al hombre- ¿ Cuál es tu problema?
-Mi problema son las palabras vacías... la ilusión de trascendencia... el engaño que se repite a través del tiempo con mitologías cada vez más endebles... que no son más que construcciones mentales para no enfrentar lo real tal cual es..
Beatriz y Agustín se miraron divertidos; Hugo replicó- Enfrentar lo real tal cual es es una frase completamente vacía, vos tampoco estás libre de decir estupideces.
-Nadie lo está, claro que no. –admitió tranquilamente el bebedor- Pero comprender que sólo tenemos las palabras para balbucear, que estamos condicionados por la cárcel del lenguaje que no nos acerca a lo real. Sólo lo nomina en la única forma que podemos comprenderlo; comprender esto y callar, o hablar sólo lo indispensable es la única forma de mantener una actitud más o menos digna.
Hugo se quedó mirándolo pensativo por unos segundos, luego admitió- Por ahí tenés razón, pero no me gusta la forma en que lo decís. –Su puño izquierdo se dirigió velozmente hacia la mejilla del bebedor de whisky, que echó su cabeza hacia atrás para evitar el golpe, de todos modos el puño lo alcanzó pero no tuvo la fuerza suficiente para derribarlo del taburete o para evitar que respondiera con un golpe al estómago de Hugo. Agustín experimentó una alegría malsana cuando vio que aquella riña inicial se convertía en una gresca masiva que incluía a Roque, al excesivamente simpático barman, a encargados de seguridad, a chicos que buscaban una diversión más explícita que la sugerida por la danza y el alcohol, y a chicas que defendían a sus queridos o meramente pendencieras

viernes, 4 de enero de 2008

Auge estacional-cuento.

Cuando Fornelli fue trasladado a la Capital sintió que comenzaba una etapa ascendente que lo ubicaría en el exacto lugar que creía merecer. Se sabía poseedor de la formación técnica necesaria para destacarse en la Policía Criminal (había sido el primero de su clase) y su aspecto físico era el adecuado (un punto nada despreciable para los tiempos que corrían). Con esa finalidad no había dudado en someterse a una dura disciplina de ejercicio y a gastar la mayor parte de sus recursos (que no eran excesivos) en la vestimenta que consideraba adecuada.
La Capital lo deslumbró: la magnitud de sus edificios, la amplitud y limpieza de sus calles, la elegancia de los hombres y mujeres, y hasta la calidad de los veloces automóviles que raramente podían verse en su ciudad natal. Todo parecía dispuesto para que él desarrollara una brillante carrera que lo llevaría a las anheladas instancias de poder.
Intentó no desilusionarse cuando accedió a la oficina a la que había sido designado: un lugar más bien sombrío, con máquinas de escribir de mediados de siglo y escritorios de madera oscura recargados de papeles desordenados. Lo recibió un hombre alto, con una panza prominente, rostro colorado y unos diminutos anteojos en la punta de la nariz; su ropa no contribuía a mejorar su aspecto: la camisa blanca estaba arrugada y no parecía muy limpia, la corbata colgaba a un lado con un nudo que alguna vez había sido triangular y negro. Fornelli admitió con estoica resignación que aquel individuo era su jefe, el Comisario Inspector Gutiérrez, y que otros dos individuos no menos desaliñados eran sus compañeros de sección. Su primera asignación fue clasificar los expedientes que había advertido como papeles desordenados sobre los escritorios, su sentido de disciplina era fuerte, de modo que limpió una silla con su pañuelo y se dispuso a trabajar. Por la tarde, Gutiérrez atendió un llamado telefónico y le dijo -Vení, pibe, esto te va servir.
Salieron a la calle y abordaron un coche negro sin patente de aspecto afín a la oficina. Gutiérrez manejaba con indolencia sin señalizar sus maniobras y apenas despegando el pie del acelerador en las esquinas; Fornelli se descubrió con la mano derecha apoyada con fuerza sobre el tablero. -No te asustés, pibe, hace años que manejo y nunca tuve un accidente, bueno, algún rayón o bollito pero claro, nada grave.
-¿A dónde vamos? -se animó a preguntar Fornelli.
-Un caso de suicidio.
Fornelli se contuvo para no preguntar cómo podía hacer una afirmación tan rotunda cuando aún no había llegado al lugar del hecho, Gutiérrez le dirigió una mirada interrogante y silenciosa. Accedieron a una calle de casas bajas y árboles prolijamente recortados; frente a una de las casas estaba estacionado un patrullero y un poco más allá un grupo de mujeres y algunos chicos. Gutiérrez estacionó junto al patrullero y los dos bajaron; los dos policías de uniforme saludaron al comisario y uno los condujo hacia el interior de la casa. Ingresaron a un living de clase media con algunos sillones, biblioteca, equipo de audio, televisor, videocasetera y reproducciones de arte abstracto en las paredes. -No está nada mal -comentó Gutiérrez deteniéndose frente a uno de los cuadros. Luego volviéndose hacia el patrullero preguntó -¿La occisa vivía sola?
-Eso me dijeron los vecinos, parece que era una chica del interior que estudiaba Derecho y alquilaba esta casa desde hace un año más o menos -explicó el policía consultando una libreta.
-¿Cómo era su vida social?
-Bastante solitaria según las vecinas.
-Claro -admitió Gutiérrez-. Bueno, veamos el cuerpo, el forense está por llegar...
Fornelli siguió a su superior preguntándose qué había querido decir con su admisión de claridad. Entraron a un dormitorio e inmediatamente la vieron.
-Uf -dijo Gutiérrez y Fornelli no pudo evitar sentir simpatía ante la conmoción de su superior. La chica estaba desnuda echada sobre la cama definitivamente, era delgada, de pechos amplios y piernas largas, su sexo apenas entreabierto estaba rodeado de vello rubio; Fornelli pensó que tranquilamente podía ser el desplegable central de cualquier revista para hombres, claro, si uno evitaba fotografiar el cráneo destrozado por el disparo y la mano derecha crispada sobre el revólver.
-¿Qué opina, Fornelli? -preguntó Gutiérrez.
Fornelli caminó alrededor del cadáver y luego se fijó en el mobiliario, en su disposición y estado. Dijo -No hay signos de violencia, no parece que faltara ningún objeto de valor... no tengo indicios para suponer que no sea un suicidio, supongo que de todos modos habrá que esperar por los exámenes que corresponden...
-Claro, claro. ¿Y qué opina?
-Ya le dije.
-No, no me ha entendido, ¿qué opina?, deje de lado al policía por un momento...
-Un desperdicio, no tiene sentido.
Gutiérrez sonrió, le puso una mano sobre el hombro y le dijo -Vamos, ya fue suficiente.
En la calle, Fornelli preguntó -¿Por qué supuso que era un suicidio antes de ver el cuerpo?
-¿Ha visto usted las últimas estadísticas?
-Sí, claro.
-¿Nuestras estadísticas?
-Las oficiales.
-No, muchacho, ahora cuando regresemos vea las nuestras.
Volvieron al despacho y Gutiérrez le entregó las estadísticas. Los resultados eran impresionantes, los suicidios de adolescentes y jóvenes eran una plaga que asolaba la Capital con constancia y dedicación.
-Dicen que es un desequilibrio estacional -explicó Gutiérrez cuando percibió sorpresa y alarma en el rostro de su subordinado.
-¿Y cuánto dura?
-Tres años y medio...
-Una estación larga.
-El clima está cambiando…
Tornelli comenzó a sospechar que su carrera no iba a ser tan rauda como había estimado.

jueves, 3 de enero de 2008

El adivino improbable. Cuento.

El hombre limpió el puñal entre las ropas de la víctima y comentó con tranquilidad a los presentes “No hubo nada personal en esta muerte, fue nomás un acto de justicia”. Nos recorrió con mirada tranquila, guardó el cuchillo, dio media vuelta y salió. Pude escucharlo montar y al tranco nomás de su caballo, alejarse. Yo no debiera haber estado ahí esa tarde de otoño, me lo prohibían mis dieciséis años y la amenaza de un severo castigo paterno, pero estaba. Y aunque sabía por qué no me animaba a confesármelo con plenitud: había algo en los pechos de la hija del dueño del boliche que se me antojaba imprescindible. Salí rápidamente del lugar tratando de borrar mi errónea presencia, preguntándome si algo tan brutal como lo que había visto efectivamente pudiera ser un acto de justicia.

Pasaron unos días y todo pareció volver al cauce que era natural, hasta que un mediodía cuando volvía del campo la abuela me tiró no bien entré en la cocina “¿Sabía mi hijo que lo dijuntiaron al brujo Antúnez la semana pasada en el boliche?” Intenté fingir ignorancia pero perdí la fe con ligereza y admití que había presenciado el hecho.

-Esté donde no tiene que estar y verá lo que no tiene que ver -sentenció mi abuela implacable, pero luego, asumiendo la comprensión que me la hacía tan querida dijo “No se preocupe, m’hijo, nadie se enterará por mí que usté estaba en ese lugar y vio ese crimen.”

-El hombre dijo que era un acto de justicia.

-¿Y usté qué piensa?

-Yo le creí.

La abuela bajó la mirada y suspiró con tristeza; luego, como si las fuerzas le faltaran, se sentó en una silla.

-Usté conoce la historia –sentencié-.

Han pasado más de cincuenta años y aún recuerdo el tono de su voz, sus énfasis, pero no sus exactas palabras; muchos libros, discusiones, alcoholes y tabacos han pasado desde entonces y me han opacado el recuerdo. Y ahora, en el estudio silencioso donde me he convertido en otro -como forzosamente le ocurre a todo hombre- trato, imperfectamente, de poner por escrito la historia.
La línea de la frontera apenas si estaba trazada en la década de 1860, y la miseria de los hombres que tenían que mantenerla no contribuía a que su trazo se hiciera más firme, en un fortín entre tantos, transcurre el asunto. El comandante era un sobreviviente de la guerra de la independencia y de un par de guerras civiles, pero el peligro y la falta de mujer -por nombrar algunas justificaciones- lo habían hecho nervioso e inseguro. Fue entonces cuando desde el desierto, escapado de las tolderías, según dijo, apareció Antúnez; era apenas una ruina: sucio, flaco y vestido con harapos apenas reconocibles como ropa de cristiano. Casi inmediatamente se ganó la confianza del comandante y la tropa, sabía de ungüentos que preparaba con hierbas para todo tipo de dolencia y era hábil para curar heridas, bolear ñandúes y cocinar lo poco que se conseguía. Oblicuamente, con palabras sesgadas comenzó a sugerir otras habilidades: predecir el futuro, por ejemplo. Aconsejó acertadamente al comandante sobre las acciones ante un par de ataques de los pampas, que fueron eficazmente rechazados y lenta pero constantemente comenzó a ejercer una autoridad que nadie le había otorgado. La cobardía trabajaba insidiosamente al comandante y bebía las palabras de Antúnez con alivio. Un día le sugirió que el teniente Oliva era un peligro para la supervivencia del fortín, y el comandante lo mandó con un par de soldados a hacer una batida que, previsiblemente les produjo la prisión o la muerte a manos de los indios. Otro mandó al sargento Benítez a constatar la línea con el fortín más próximo cuando una tormenta se acercaba. Y así la tropa fue quedando sin mandos y ganada por el temor y la desconfianza. Entonces se produjo el tercer ataque pampa, feroz y masivo, y a pesar de los Remington, las bayonetas y los sables, el fortín fue arrasado. Hubo sólo un sobreviviente, o eso al menos pensó Antúnez mientras cabalgaba junto al capitanejo pampa vaciando con ganas un porrón de ginebra celebratorio. Supo que se había equivocado una tarde de otoño en un boliche, supo también entonces que era inexacta su actitud para predecir el futuro, al menos el propio.

martes, 1 de enero de 2008

Primero -cuasipoesía.

Cenizas sin liturgia
que las consagre,
anclas romas
para mellar el olvido,
el despertar o el sueño
en la inercia de los días,
como de acero
la impugnación falsa,
evanescentes.