viernes, 28 de diciembre de 2007

Patagonia, 1982.

Un viaje físico que remite a un viaje psíquico, un viaje como el río de Héraclito del que no podemos emerger iguales, un viaje hacia el sur y el fin de la adolescencia. Casi un lugar común en la literatura: el viaje iniciático.
Argentina, un lugar donde las sombras y sus demiurgos buscan ahora las épicas glorias del combate real, media Abril y el Otoño se intuye sangriento. Sentado sobre un vagón de transporte, veo con cierta alarma como el tanque se estremece sobre la plataforma a pesar de estar asegurado con cadenas, en cada paso a nivel: bocinas, gritos de viva la patria, banderas argentinas de plástico agitadas por repentinos nacionalistas; tal vez los mismos que un tiempito atrás cruzaron a Uruguayana para comprar un televisor color a mitad de precio. Luego, el frío se va acentuando y el entusiasmo disminuye, dejamos atrás la pampa húmeda y nos adentramos en la planicie patagónica. Abandonamos el tren y cargamos los tanques en remolques arrastrados por camiones, y asomados a la escotilla de la torre nos hundimos en el desierto. Llegamos a Sierra Grande, y nos cuesta no sentirnos héroes ante la solidaridad y la calidez con que nos reciben sus pobladores. Estoy de guardia y un obrero de la mina me agasaja con un asado con papas y ensalada que ha traído en una gran bandeja cargada en un Falcon destartalado. El y su familia, (mujer y un par de chicos), me miran comer al mismo tiempo que hablamos, y parecen disfrutar del apetito que demuestro. Son los primeros argentinos que parecen entender cabalmente en lo que nos estamos metiendo, por ahi por que son hábiles para la supervivencia en la estepa. Al día siguiente de nuevo la torre y el desierto, la ruta 3 serpentea entre los altibajos de la meseta: a los costados pastizales amarillentos y alambrado de púas delimitando los campos, ni un árbol, ni una oveja, ni muestra de construcción humana.
Kilómetros y kilómetros, al atardecer aparecen los pozos de petróleo que se van multiplicando a medida que nos acercamos a Comodoro Rivadavia, en la radio del micro un locutor informa sobre los resultados del fútbol de ascenso y luego un comunicado del Estado Mayor Conjunto relata la tenaz resistencia de los lagartos comandados por el capitán Astiz contra las fuerzas inglesas que han atacados las Georgias.
Atravesamos la ciudad y seguimos hacia el Sur, la avenida costanera parece suspendida entre los acantilados y el mar, y en la cima de los acantilados, en equilibrio precario, casuchas miserables de chapa y cartón. Nos alojamos en tinglados en las afueras de la ciudad, en un lugar elevado desde el cual en la noche se pueden ver las luces urbanas.
Una mañana nos enteramos del bombardeo a Puerto Argentino, otra del hundimiento del crucero General Belgrano, la guerra adquiere una concreción indeseada que tememos. Para confirmar nuestra desazón, un ejercicio de oscurecimiento extingue completamente la ciudad durante una guardia, silencio de radio, rumores de desembarcos próximos.
Abandonamos Comodoro Rivadavia una mañana fría y nubosa, de nuevo el desierto, ignoramos nuestro destino pero sabemos que debe estar próximo, no dista mucho el fin del continente. Cruzamos el río Santa Cruz sobre un puente elevado, a nuestra izquierda, abajo, como una maqueta prolija: Comandante Luis Piedrabuena, un pueblo que debe su vida a la presencia militar, una conmovedora tentativa de impugnar la nada. Dejamos atrás aquel intento, y seguimos subiendo y bajando por la meseta hasta llegar a Puerto Santa Cruz, un humildísimo poblado de casas de madera y chapa; nuestro destino final durante la guerra. El lugar donde se planteará el asesinato del Teniente jefe de sección, se producirá el intento de suicidio del tano, compartiremos todo en un novedoso comunismo primitivo, nos descubriremos hombres y compañeros dispuestos a la violencia para preservar al grupo, veremos los agujeros en el casco de la lancha patrullera de la Prefectura ametrallada por un helicóptero Sea King ,la batería antiaérea buscando con munición trazante a un avión de Aerolíneas Argentinas que no se ha identificado a tiempo, y los rostros desencajados y aturdidos de los primeros prisioneros devueltos por los británicos a la Argentina.
Puerto Santa Cruz, y el frío y la guerra, apenas un viaje iniciático pero nada menos que eso.

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